Un dominio propio

Una de las más lúgubres maniobras de nuestras democracias es convertir la búsqueda de la verdad en delito y, de paso, hacer creer que las reflexiones que emanan de esa búsqueda sean consideradas subversivas o radicales.

La represión del placer

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Desatando nudos. La represión del placer

El placer refunda al individuo en su libre camino hacia la vida. Su búsqueda es incesante desde que éste abre sus ojos y la luz penetra por sus pupilas. E, inherente a su propia esencia, la sexualidad desciende desde la inconsciencia.

Sin sexo, el ser humano, queda amputado. Y aunque las conductas eróticas contribuyan a la relajación, a lo largo de la historia y especialmente en la cultura judeocristiana,  la iglesia no se presta a que el deseo campe a sus anchas. Desde los templos se ha combatido el gobierno de nuestras propias vidas y no se ha permitido que en sus territorios todas las sensaciones inunden los húmedos océanos.

“Por lo tanto, ya que todo tipo de cosas abominables derivan del amor y ya que sabemos que nada bueno procede de allí sino únicamente penas infinitas para los hombres ¿por qué, joven estúpido, pretendes amar y privarte de la gracia divina y de la herencia eterna? Aprende pues, queridísimo amigo, a conservar tu castidad, a vencer con la virtud del alma los placeres de la carne y a guardar tu copa inmaculada para el Señor… Pero si los aguijones de la carne han empezado a torturarte, evita poner en práctica tu deseo o que tu consentimiento pueda mancharte”.

LA REPRESIÓN DEL PLACER

Encontrar reflexiones de este tipo es tan fácil como mirar al horizonte cada tarde, y ver como el sol nos arrebata su cálido abrazo. Este texto de finales del s. XII refleja divinamente la doctrina de la moral teológica, que ha despojado a millones de personas, por medio de sus más directos servidores, del derecho a experimentar nuestros propios sentimientos, del derecho a ser independientes y de hacer con nuestros cuerpos lo que consideremos oportuno.

No debemos olvidar que el pleno desarrollo de nuestra personalidad  (y la posibilidad de alcanzar un poco de felicidad) depende, en gran medida, de que podamos expresar libremente nuestra capacidad de sentir, sin la cual rechazamos la esencia misma de nuestro ser.

Ahora bien, lo importante no es saber cuántas personas defienden postulados de este tipo. Si bien el cristianismo está sumido en una profunda depresión conceptual, lo que hemos de considerar es la influencia que sus juicios han ejercido en la vida que llevan las generaciones actuales. Esto es, no debemos desviar nuestra atención de la enorme brecha que quedó abierta en todas las comunidades que no pudieron escapar de la represión cristiana de los instintos.

Y llegado este punto, se pueden responder muchas de las cuestiones que preocupan a la juventud en relación con la sexualidad. Aunque las iglesias no sean  reclamo de ideas ni de moral, aunque sus enormes pilares no desvíen nuestra mirada, su conexión con la vida erótica a principios del s. XXI sigue siendo desmedida, incluso para las personas que no comulgan con ninguno de sus preceptos.

Y, tristemente, no olvidamos tampoco que la presencia de los nuevos obispos  está siendo especialmente importante en esta nueva era, donde el avance de sus tropas propagandísticas está recrudeciendo el ataque contra toda libertad de movimiento.

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