Un dominio propio

Una de las más lúgubres maniobras de nuestras democracias es convertir la búsqueda de la verdad en delito y, de paso, hacer creer que las reflexiones que emanan de esa búsqueda sean consideradas subversivas o radicales.

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La sociedad civil y su gobernabilidad

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Aun intentando hacer de la solidaridad un argumento esencial en nuestras vidas, uno no deja de pensar en más de una ocasión la necesidad de rescindir ese contrato vitalicio con el mundo, y a una escala más próxima, con el pueblo. Ajeno a interferencias proclives con alegatos elitistas, o a proclamaciones de voluntades intelectuales sobre el resto de la ciudadanía, ese distanciamiento no puede ser más que una expresión de las discrepancias que se pueden mantener con la mayoría.

Si los desacuerdos se limitaran a elegir entre las preferencias del parquet automovilístico o entre la vulnerabilidad erótica ante la imagen de Scarlett Johansson o George Clooney, incluso podríamos sonreír. Pero cuando lo que hay en juego es la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, y por ende, la participación ciudadana, el desconcierto político se acentúa, se agrava, y exige cierta responsabilidad.

Las dificultades planteadas para otorgar a la sociedad civil las llaves de toda gobernabilidad han sido siempre notorias. Si bien esta hipótesis puede ser cierta en su realidad, quizás deberíamos proceder a alterar los planteamientos. A los ciudadanos no nos han de otorgar nada, somos nosotros mismos quienes hemos de elaborar y proclamar las leyes con las que nos hemos de defender (de las ingerencias de quienes nos gobiernan) y las leyes con las que hemos de convivir.

Desde hace ya mucho tiempo, nos impusieron un modelo democrático que establece que todas las personas tenemos el derecho de acudir a las urnas para manifestar nuestra adhesión a un determinado partido. Yo, desde que empecé a dedicar parte de mi tiempo a saber sobre ese modelo, directamente, no voy a votar.

Las razones por las que tomé esa opción serían innumerables, pero no es de ello de lo que quiero hoy hablar. Bastaría con decir que el sistema de partidos establecido es una proclama absoluta de cómo atentar contra la democracia. Las cosas así, es evidente que no puedo participar en una lucha para fomentar la democracia en el marco de un sistema que reniega contra ella.

Vamos despacio. Quienes elaboran y diseñan las reglas del juego saben (y controlan) dónde radican los mecanismos para que los objetivos a alcanzar no sean los que realmente desean la mayoría de ciudadanos. Nos regalan la posibilidad de acudir a las mesas electorales cada cuatro años, y en dicha travesía, nos deleitan recordándonos que vivimos en una democracia.

Se supone que tenemos la opción de elegir la configuración política que más se aproxime a nuestros fines. Pero como en todo, deberíamos saber, primero, qué es la política, y cuál es su funcionamiento.

Cuando deseamos cambiar la instalación eléctrica de la casa, no llamamos a un cirujano plástico. Esto que a todas luces nos parece evidente, no lo trasladamos a una de las decisiones más importantes; dejar en manos de otros la gobernabilidad de mis intereses. ¿Qué sabemos de política? Con todos mis respetos. Nada.

Si supiéramos, no habríamos entrado a formar parte del euro, no habríamos dejado en manos del Parlamento Europeo las políticas agrícolas o pesqueras, no habríamos dejado abrir una base militar, no habríamos dado el visto bueno a la entrada en la O.T.A.N., no habríamos hipotecado nuestra felicidad, no habríamos respaldado el sistema bipartidista, no habríamos permitido que la movida de los ochenta se resumiera en un reality de Alaska y su pegamoide, no habríamos confiado en la transición, no habríamos dado alas a la privatización de los servicios sociales… En definitiva, es más que probable, que si supiéramos de política, el mundo… sería otro, y nuestro mundo, más agradable.

Nadie, en su sano juicio, arrojaría sobre su propio tejado miles de piedras. Nadie, abriría la puerta de su casa a un delincuente en potencia. Los pueblos europeos no solo abrieron las puertas de sus casas, sino que además permitieron que el delincuente conviviera con ellos, con el falso contrato democrático, y con el contrato de su vivienda. Las consecuencias, son terribles. Lo más grave es que las secuelas de nuestro sistema capitalista forman parte estructural de su razón de ser, pero no contábamos con la canallesca actuación de miles y miles de políticos, banqueros, empresarios, financieros, y medios de comunicación, que con su desvergonzada adhesión al poder, son capaces de devorar la tranquilidad de la sociedad civil.

Una sociedad civil, un pueblo…, que se consume.

Photo by Birgit Pettersen

Photo by Birgit Pettersen

Uno no puede pretender convencer a toda la ciudadanía que decide quiénes nos han de gobernar que atienda mis súplicas, o mis reflexiones, o mi modo de observar el mundo. Yo he atendido muchos años, (demasiados), la marcha de la política europea, y los pasos que iban dando sus habitantes. Mi vehemencia y mi actitud política se están encogiendo. Mi mirada sobre la contemplación de una sociedad emergente y con criterio se está apagando. Solo la noticia de que si hubiera elecciones el PP volvería a ganar, es más que suficiente para abandonar los criterios por los que se mueven los pueblos (y si fuera el Partido Socialista el elegido…, también).

Así que permitirme rescindir mi contrato con el pueblo, con este pueblo. Me duele. Me hace sangrar. Es más que probable que yo me haya causado alguna herida. Pero siento que mi vida, y la de mi entorno, está dentro de una espiral que necesita de otras coordenadas que sé, no se me van a ofrecer. No puedo ir a favor de una corriente que nos arrastra hacia los fangos de una democracia maltrecha. Me detengo. No creo en él. Y tampoco creo que ello me deje mal parado. Somos muchos quienes asistimos atónitos a la debacle. Y la indignación no es suficiente; es una especie de performance en el museo de arte contemporáneo. La revolución, es una urgencia.

De lo contrario, no tendremos más remedio que constatar, que nos han abatido.

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