Un dominio propio

Una de las más lúgubres maniobras de nuestras democracias es convertir la búsqueda de la verdad en delito y, de paso, hacer creer que las reflexiones que emanan de esa búsqueda sean consideradas subversivas o radicales.

Carta de la Comunidad Indígena Guarani-Kaiowá

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Innumerables veces nos hacemos eco de acontecimientos difíciles de olvidar por su crudeza, delatores de un mundo cruel e insignificante. Curiosamente, la mayoría de las veces, los olvidamos.

Obligados a admitir que estamos anestesiados.

Es tal la cantidad de maliciosas maniobras de las que es capaz de hacer el hombre con sus semejantes, que no nos queda más que esperar el desenlace de este modo de proceder, bien sea por alguna catástrofe natural, o bien por alguna nueva guerra o revolución que detenga las fauces de las oligarquías salvajes.

Estamos ante una certeza incuestionable. El sistema capitalista ha creado una sociedad detestable. Quienes tienen el valor de escribir artículos circenses hablando del fin de este sistema, es más que probable que sean parte interesada, aunque también pudieran ser elementos que no alcanzan a diferenciar un crucifijo de un peine. No solo el sistema no ha fracasado, si no que está jactándose de sus éxitos y salvaguardando un futuro más prometedor si cabe; generando un modelo socio-económico que hunde sus raíces en el dantesco objetivo de dejar al individuo sólo ante la búsqueda de sus méritos competitivos, en una libertad inexistente, y frente a un mercado avasallador.

La mayoría de enfrentamientos bélicos que se van sucediendo a lo largo y ancho de los cinco continentes, tienen una relación directa con el control y dominio de ese mercado. Solo algunas injerencias de líderes iluminados son capaces de  romper este esquema. Desde la extracción de minerales hasta todo tipo de experimentos con nuestros alimentos, desde la privatización del agua hasta la usurpación de nuestro tiempo libre, son todas sus acciones armas de destrucción masiva con un único fin: el lucro de quienes tienen el poder de seguir reconstruyendo el capitalismo. Y a estas acciones les acompaña siempre, indefectiblemente, su contundente respuesta para silenciar todas las voces que rechazan su violenta existencia.

Si la paciencia del lector permitiera que dejáramos constancia de estos acontecimientos, superaríamos en tiempo la lectura de toda la obra de Ryoki Inoue.

Cada pocos años, y siempre desde la impotencia más absoluta, nos llegan las protestas, insurrecciones o acciones de cualquier tipo, dispuestas a exigir el fin de esa violencia, y el reconocimiento de un derecho. Los ejércitos, como empresas destinadas al noble arte de la guerra, cumplen su misión sin complejos. Y lo único que termina por reconocerse es el derecho de invertir en bolsa; al alza en cada incursión…, con cada catástrofe.

Las comunidades nativas de América saben mucho de ello. Hoy he tenido acceso a una noticia desalentadora que, aunque no llegue a su fin en los términos estipulados, es un claro exponente de la razón de mis palabras. Una carta  firmada por líderes de la comunidad indígena Guarani-Kaiowá de Mato Grosso do Sul, anuncia el suicidio colectivo de 170 personas (50 hombres, 50 mujeres, y 70 niños), si se hace efectiva la orden de la Corte Federal para despojar a la tribu de la “Cambará Granja” donde se encuentran.

En  dicha orden se establece que en el caso de que los indígenas no desalojen su granja, tendrán que pagar una multa de aproximadamente 250 dólares por cada día que permanezcan allí. Después de haberles masacrado, y haber sido ocupadas sus tierras por ganaderos custodiados por hombres armados, quieren expulsarlos definitivamente.

Es un acontecimiento difícil de olvidar. Es una reacción que nutre al hombre indígena de una bondad sin precedentes, y al hombre capitalista lo define en su naturaleza racionalmente obtusa.

Yo, les concedo todas las armas que precisen para su defensa. Porque creo en la lucha, y porque nunca olvido las palabras de Julio Cortázar, “Es necesario comprender quién pone en práctica la violencia… si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella”.

Cuando las circunstancias de la vida condenan al hombre a la esclavitud y al infortunio, el suicidio puede presentarse como una salida estoica. Pero si esas circunstancias tienen nombre y apellidos, no estaría de más arremeter contra dicha realidad, y pasar, aunque fuera por un instante, del estoicismo a la lógica espartana.

Publicado en Iniciativa Debate

http://iniciativadebate.org/2013/11/01/comunidad-indigena-guarani-kaiowa/

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