Breves:
Estaba con los ojos cerrados. De pie. El cuerpo un poco caído y con un gesto incómodo. Lo observé unos segundos, los suficientes para saber que dormía. De fatiga. Su rostro explicaba muy bien el desfalco que sentía. No era ese descanso de quien explora los sueños mientras tanto (los sueños ya se habían ido, reconducidos por los agujeros de los bolsillos). Se abrió la puerta automática y reaccionó tímidamente, tal vez queriendo escuchar el sonido de una moneda de cincuenta céntimos. Nada ocurrió. Cuando se giró se dio cuenta perfectamente de mi presencia. No sabía que hacer. (Yo). Por un lado me hubiera abalanzado para abrazarle. Y, por otro, me sentía molesto con mi parálisis y no reaccionaba. Quizás para exculparme busqué un poco de dinero y le di diez euros. Acababa de ganar veinte haciendo una encuesta sobre el uso del tiempo. No me dijo nada. Se percató del miedo que me atenazaba; de poder terminar cualquier día a su lado, postrado a la sombra de la vida.