Un dominio propio

Una de las más lúgubres maniobras de nuestras democracias es convertir la búsqueda de la verdad en delito y, de paso, hacer creer que las reflexiones que emanan de esa búsqueda sean consideradas subversivas o radicales.

Al revés

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Breves: 

(sin bondad)

Lo que podría ser lógico se convierte en una excepción, y lejos de poder elogiar la bondad estamos a las puertas de tener que reconocer que lo que triunfa es el terror.

Incluso lo “democratizan” llevando a los parlamentos la necesidad de tener que ir a la guerra. Y quien pretende cerrar las puertas a todo abuso de poder es tratado de ingenuo o bonachón, constatando que la humanización del dolor se ha desvinculado de las fronteras que puedan ir más allá de las líneas de nuestra piel.

El sufrimiento ajeno es cada vez más un acontecimiento, incluso una película en color, pero nunca una profundización de nuestro propio daño. Habitamos dentro de una fortaleza construida a través de todos los medios de comunicación, pero no lo olvidemos, también respaldada con nuestra propia simulación.

Hemos llegado a ser unos expertos en cosificar al “otro”.

Somos basura, y ya no se trata de que el mundo esté al revés y de que todo esté enredado y no seamos capaces de ver, sino que hasta podemos llegar a decir con total tranquilidad que la próxima generación va a asistir al irreverente fenómeno que va a suponer el triunfo de la estupidez.

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

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