Un dominio propio

Una de las más lúgubres maniobras de nuestras democracias es convertir la búsqueda de la verdad en delito y, de paso, hacer creer que las reflexiones que emanan de esa búsqueda sean consideradas subversivas o radicales.

Leon Czolgosz

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ContraCorriente:

Tiranicidio

El siglo XX empezaba con un acontecimiento que hoy merece traer a colación. Siempre procuro traer en esta sección a personajes interesantes, y si bien se supone que un asesino debería ser tratado con cierta displicencia, haremos borrón y cuenta nueva de lo que se supone…, y describiremos este acontecer desde otro prisma.

Son muchas las personas que se han preguntado alguna vez cuántos ciudadanos serían capaces de matar a alguien si se les prometiera que ello no tendría consecuencia alguna en su privación de libertad. Y yo me pregunto, quiénes estarían en el rojo de la diana.

Dado que no son tiempos para que podamos ir definiendo modelos, no vaya a ser que cunda el ejemplo y se propague el afán liquidador…, tan solo describiré un capítulo de la historia de los Estados Unidos.

El 06 de septiembre de 1901, Leon Gzolgosz asesinó a William McKinley, inquilino por aquél entonces de la Casa Blanca. Cuentan así la historia…

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En la Exposición Panamericana de Búfalo, el presidente recibió a una fila de ciudadanos, a cada uno de los cuales estrechaba la mano. En la fila se encontraba un hombre que tenía una mano cubierta por un pañuelo. Ninguno de los dos hombres del Servicio Secreto tuvo la curiosidad suficiente como para ver qué había debajo del pañuelo en la mano de aquél hombre. Lo que tenía era un revólver cargado, y cuando el presidente extendió su mano para saludarle, Czolgosz disparó dos veces y McKinley murió una semana más tarde.

Ni qué decir tiene el alboroto que causó tamaña fechoría. No tardaron ni dos meses en someterle a un juicio y ejecutar la sentencia sin rechistar. Silla eléctrica, se ajustan las correas, y las descargas. Tres sacudidas, cada una de 1.800 voltios. Fue el 29 de octubre, 45 días después de la muerte de su víctima.

Y ahora os preguntaréis, ¿por qué merecía traer a colación en estos momentos este documento histórico?. Nada. Estaba realizando un dossier sobre la violencia de Estado, el auge de las dictaduras encubiertas, y me topé (como quien no quiere la cosa) con el término que encabeza esta nueva entrada.

Las últimas palabras de Leon, hijo de inmigrantes polacos, de quien se decía que era anarquista pero había serias dudas, fueron las siguientes: “Yo maté al presidente porque era un enemigo de la gente buena, los buenos trabajadores. No siento remordimiento por mi crimen”. Y a continuación señaló: “Lamento no poder ver a mi padre”.

El tiranicidio es un término ya en desuso que no significa otra cosa que darle muerte al tirano. Es decir, matar a ese gobernante o representante (político o no) que haciendo caso completamente omiso de su labor, tiene por costumbre convertirse en un déspota, un criminal, o vete tú a saber qué…! 

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