Un dominio propio

Una de las más lúgubres maniobras de nuestras democracias es convertir la búsqueda de la verdad en delito y, de paso, hacer creer que las reflexiones que emanan de esa búsqueda sean consideradas subversivas o radicales.

La violencia como estrategia: 01

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Introducción

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

En un primer momento me parecía juicioso observar e incluso delimitar las diversas opciones de la violencia, pero dada la urgente necesidad de toparme con el terreno que pisamos he resuelto concretar con la más dura de las circunstancias, esto es, con las diversas expresiones de los Estados en su relación con la violencia. Y todo porque a día de hoy hay una excesiva participación de sus agentes en la transmisión de conflictos liderados por ellos mismos.

Comúnmente se reconoce desde la Sociología la solvencia del ejercicio del poder considerando que quien lo ejerce tiene el derecho de uso de la intimidación y la amenaza. Un uso no regulado explícitamente en toda su extensión, pero que casi siempre se realiza desde las diferentes jurisdicciones estatales. Los cuerpos militares o policiales no son solo presencia para promover el orden, también lo son para defender las tropelías de quienes los dirigen, y ese es el comienzo de todo capítulo para explicar la debacle, la sinrazón asentada en el ejercicio del terror.

  • Hablaré así del corto trayecto que hay que recorrer, dada su propia negación y su estrepitoso fracaso, para sacar a la luz ese ejercicio de violencia legitimada, pero injusta, cruel y despótica.
  • Y expondré del mismo modo la necesidad de desestimar las conjeturas insidiosas o aquellas que defienden las injusticias, puesto que estamos en la obligación de alejarnos de las teorías sociales y políticas que no terminan de concretarse en nuestras vidas. Es decir, hay que dar paso a la realidad, y no seguir dando cobertura al principio de ningún mandato que no proceda del pueblo si estamos hablando de democracia, o no alabar la existencia de Constituciones si son inoperantes en gran medida.
  • La controversia mayor con la que nos enfrentamos es saber cómo destapar al propio Estado, mostrar que su poder de coacción es casi siempre ilegítima, y poner en evidencia que más allá del reino de la razón lo que impera es el gobierno de la fuerza.

Ni que decir tiene que quien sale enormemente debilitada de esta conjetura es, además del propio Estado, la Democracia. Pero ello a estas alturas de la vida no nos convierte en pesimistas ilustradores de la historia, sino en reconocedores de una nueva desventura. El Estado moderno está concebido como una verdadera maquinaria, cuyo objetivo único es tener la capacidad para reparar cada cierto tiempo las fisuras de su aparato represor e ideológico. Y dado que es imposible su efectividad sin alguien que lo dirija, queda expuesto abiertamente que quien lo hace no solo es enemigo del pueblo, sino también aniquilador de su esperanza.

En la ecuación Estado, Violencia y Democracia, todo apunta a pensar que despejada la segunda incógnita se resuelve mejor el problema, pero me dispongo a dibujar otra parábola, porque sin el modelo actual del Estado habría mucha menos violencia, y ello determina que es hacia éste donde hay que redirigir la mirada.

  • Los tres poderes supuestamente independientes son anhelo de una libertad enclaustrada. Sus ilusiones no duran más allá de toda puesta en escena, y si no les acompaña una igual repercusión en toda la ciudadanía, se desintegran…

Se puede ser libre, pero no en el mercado sino en la vida, y se debe ser igual en las verdaderas condiciones de partida. Para eso está el Estado y ese debería ser el papel de la Democracia, pero se inventaron sin complejos nuevos tipos de violencia…

  • Y frente a ellos, de cara al futuro, solo cabe la salida, y reformular nuestras condiciones de vida. ¿Puede, más allá del Estado, darse un nuevo paradigma?

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