Un dominio propio

Una de las más lúgubres maniobras de nuestras democracias es convertir la búsqueda de la verdad en delito y, de paso, hacer creer que las reflexiones que emanan de esa búsqueda sean consideradas subversivas o radicales.


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La Violencia como Ejercicio Social

La convivencia social y la violencia de género

Hay una especie de creencia sobre el abuso y la violencia sexual que viene a decir que en los últimos años el mundo se ha vuelto loco, pero debemos constatar que tales comportamientos han estado presentes durante toda la historia.

No debemos olvidar tampoco que los abusadores no son sujetos extraños o marcadamente específicos, pues pueden ser de cualquier raza, edad, nivel socioeconómico y, no lo olvidemos, de instrucción.

Llama la atención que una acción social e institucionalizada, con gravísimas consecuencias para un elevadísimo porcentaje de la población, no haya sido considerada problema de primer rango y no se hayan puesto todos los medios para poder atajar tanta barbarie.

Durante los últimos años parece haber posicionamientos y políticas destinadas a contribuir en la ayuda a las víctimas, así como discusiones sobre los castigos que se debieran implementar para quienes ejercen el maltrato contra las mujeres. Pero además de estar desactivadas por la imprecisión y por una especie de negación del sentido común, apenas hay respaldo suficiente y, lo que es peor, es casi inexistente la búsqueda necesaria de los orígenes y causas del uso de la violencia, elemento fundamental que deberíamos considerar en la lucha contra esta lacra que parece no tener fin.

Claro que podemos llegar a comprender tanta desidia al comprobar que quien atesora en sus manos el don de la violencia es quien ha de resolver o minimizar el uso de ella.

La incapacidad de decretar y establecer más leyes al respecto, de ponerlas en práctica y estudiar su vigencia y eficacia se traduce, no lo olvidemos, en un cementerio menos vacío.

Desde el Estado hasta el último reducto de la sociedad, desde todas las instancias de poder hasta el último hombre, está jerarquizado y naturalizado el patrimonio del mandato supremo del macho dominante. Y la manada parece seguir fiel a este rito histórico feroz, donde el cazador sigue marcando sus leyes, y donde la cultura aún no ha podido usurpar su sitio a ese mecanismo que como precepto instintivo quedó grabado de generación en generación durante miles de años.

En el proceso histórico pasamos de la horda a la tribu, y de ésta a la constitución de la familia. Y también pasamos de aquél apareamiento indiscriminado y desorganizado, donde no había forma de determinar la paternidad, a las restricciones en el comportamiento sexual así como al uso de la violencia y el asesinato como principal forma de acceso al dominio, estableciéndose estas relaciones exclusivas y cerradas para el grupo unido por lazos de consanguinidad.

Llegó el periodo de protección, y lo que podríamos denominar las nuevas experiencias de comunicación, amor y ternura. Se dio paso a la constitución de castas y el linaje, con los diferentes condicionamientos en las relaciones que irían dando forma a lo que después se consolidaría en las formas de relación estable del matrimonio, y se favorecía el fortalecimiento del grupo con generaciones de nuevos guerreros para prosperar y luchar contra las amenazas.

Durante cientos de miles de años se ha ejercido la violencia como medio para imponerse al medio, a las fieras y depredadores…, y a los demás hombres. Con el desarrollo de la conciencia aparecen el trabajo agrícola y artesanal, y la evolución de la sociedad trae consigo la aparición de la religión, la ética, la ciencia y los manuales de buenos usos y costumbres, supuestamente de acuerdo a los valores superiores de cada sociedad.

Hasta que el hombre aprendió a sentirse dueño del mundo, y seguir siéndolo…, de la mujer. Y en esas estamos, a pesar de toda evolución, y en contra de todos los criterios de lo que entendemos por civilización; el hombre sigue siendo el enemigo principal de la mujer. Y estamos obligados a detenernos en las causas si realmente queremos atajar las consecuencias.

Photo by joséluis vázquez domènech

Un enorme interrogante abre una grieta, probablemente, en la propia constitución y desarrollo posterior de la institución a la que llamamos familia. A mi entender ha adoptado una forma de proceder que repite el mismo esquema que se da en ese Estado opresor que se protege de forma carcelaria. Si lo que en otros tiempos pudo salvarnos y quizás ahora nos esclaviza, puede que sea tiempo de revisar la experiencia. Y al igual que transformamos la educación o el estilo de vida, puede ser perentorio progresar hacia un nuevo modelo de convivencia.

Es urgente, a no ser que la supervivencia de las mujeres nos parezca una ocupación secundaria en el mercado de la vergüenza y la ignominia. Tal vez podamos confirmar que los efectos de tanto terror las paguemos entre toda la ciudadanía, pero la muerte se ensaña siempre con el mismo colectivo y no cederá en su impulso y en su insistencia desmedida.

La UNESCO acertó claramente en el diagnóstico sobre la violencia, y en su carta constitucional después de la segunda guerra mundial promulgó: “puesto que las guerras nacen en la mente de las personas, es en la mente de las personas donde deben erigirse los baluartes de la paz”. Muy atinados en su análisis, y bastante desacertados en la implementación de políticas que pudieran resolver dicha realidad.

No encuentro otra apreciación mejor y, por tanto, prosigo para ver hasta dónde podemos llegar. Jordi Calvo Rufanges nos recuerda que nuestras mentes incorporan la violencia como algo consustancial a nuestra forma de ser, y así, no cabe duda de que innumerables rutinas relacionadas con ella van conformando nuestro carácter social. Lo más grave es poder seguir comprobando que es el propio Estado, única entidad autorizada para ejercer la violencia en el territorio que lo conforma, quien guía a ciegas a su propia ciudadanía hacia el proceso de militarización de las mentes.

Hay una ideología que propicia dicha militarización, y una educación que la acompaña. El capitalismo más salvaje nos enseña que la lucha individual contra nuestro competidor es una constante, y que la figura que lo simboliza se puede redefinir desde un patriarcado rearmado con otros valores pero con aquellos recursos que le siguen reafirmando en su mandato y con su autoridad.

Si. La inscripción de la violencia  en las normas sociales ha sido el primer eslabón para convivir con ella, para dotar al sistema de una razón de fuerza mayor a la que se pliega, y consolidar así su necesidad rampante.

No es difícil observar cómo se extiende el ánimo arrebatado y enfurecido a través de todos los canales, hasta instalar en nuestros cerebros el chip del enfrentamiento como elemento natural de nuestra especie. Y todo porque la violencia… se estimula.

Un informativo cualquiera en casi todos los rincones del mundo pretende generar audiencia, y como si se tratara de un show más nos somete a la vulgarización de los hechos más terribles y difíciles de asimilar. Sin que importe mucho la localización del suceso, podemos pasar de un tren descarrilado en Corea a una inundación en Perú en dos segundos, o de una avalancha en una discoteca de India a un incendio en una fábrica pirotécnica en China. Y en medio de todas las noticias, la guerra. La fuerza bruta como resolución de conflictos, como necesidad dicen, para promover una paz que nadie entiende. Y en todo este proceso no nos dejan observar los acontecimientos, solo mirar, sin detenernos, para presenciar miles de secuencias de sangre derramada y polvorienta anquilosados en la costumbre.

No existe mejor obra para que de manera subliminal nos lleguen mensajes favorables a los más variados procesos de confrontación.

¿Quién puede negar que esta institucionalización de la violencia se filtra también a través de todas las estructuras sociales y en el marco de todas nuestras relaciones más comunes? Me temo que es imposible. La cultura de la paz deja paso constantemente a la construcción de un enemigo que combatir. Y en el amor, el “enemigo”, termina tomando forma de mujer. En el amor las mentes también están militarizadas, y el rol de los “combatientes” está perfectamente entrenado para volver a ganar.

Cientos de hombres son unos perfectos corresponsales de guerra, y muchos de sus movimientos responden perfectamente a directrices que bien pudieran estar marcadas en algunas de las guías de entrenamiento de las fuerzas armadas.

Personalmente no observo obstáculo alguno para poder afirmar que la violencia es un ejercicio social que se instaura y con la que se convive con total naturalidad, hasta tal punto que termina por contribuir a procesos cognitivos que justifican desde la intimidación al más vil de los actos, como pueden ser los maltratos.

Leo estos días algunos apuntes sobre la desvalorización de la vida amorosa, y pienso que el punto culminante de dicho enviciamiento es el uso de la violencia. ¿Qué sucede cuando nos socializamos optando por los valores equivocados?. El universo de los afectos no se transmite ni tan siquiera en el currículo de los colegios, porque consideran más importantes las competencias que el conocimiento de las emociones y su regulación en nuestras vivencias sociales.

Y tomando preferencia, como lo hemos hecho, por unos valores nada entrañables no debemos extrañarnos por la existencia de un buen número de hombres que encuentran en la degradación psíquica de sus parejas el objetivo final de sus victorias.

En el contexto analizado observamos cuan fácil puede resultar familiarizarse con el uso de la violencia, pero ello no lo explica todo ni mucho menos. Quiero creer que aquella corriente que debía existir (procedente de la afectividad y sensualidad) fue mutilada en la infancia, o que a lo largo de la vida de los maltratadores (por una u otra serie de razones) no confluyeron como debieran los lazos necesarios para conectar con las demás personas. Quiero creer que no se nace violento, y que hay una combinación de factores que forjan una estructura cerebral que más o menos es incapaz de controlar las emociones agresivas. Quiero creer muchas cosas, pero he de atenerme también a aquello que puedo ver. Nos educan en el uso de la violencia, y todo confluye para que se sigan conservando las más perversas manifestaciones de dominio y aquellas fantasías que cooperan tan bien con el uso y abuso del poder.

¿Cómo podemos erradicar esta cultura de la violencia si desde las entrañas del Estado se construyen unos referentes de socialización que nos llevan una y otra vez hacia ella?

¿Cómo podemos escapar de tanta crueldad si seguimos alimentando guerreros y ejércitos que lo único que consiguen es expandir el pánico y publicitar la apología  de la agresión?

Guerreros que ya no necesitamos, ni para defendernos de las bestias ni para protegernos de peligro alguno que ponga en entredicho el proceso de nuestra evolución.

Quizás debiéramos empezar desmilitarizando la vida, quizás debiéramos partir sin miedo a construir la olvidada y marginada cultura de la paz. Porque con ello desmilitarizaríamos nuestras mentes… y las formas de entender el amor y las relaciones seguirían el mismo curso…

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Amor Romántico

Somos yonkis del amor romántico (Maitasun Erromantikoaren Yonkiak), no somos conscientes de ello, y no acertamos a dejar atrás las graves consecuencias que ello acarrea.

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Photo by Joséluis Vázquez Domènech


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La exclusividad sexual

Bajo el monopolio del amor romántico

La implicación del amor romántico en nuestras biografías ha traído consigo una serie de argumentos vitales que están erosionando la buena marcha en el discurrir de las relaciones de pareja.

Estos argumentos son consecuencia de la idealización con que se observa el mundo, a través de unas lentes que solo permiten visionar sueños inconsistentes. La eterna durabilidad de la magia, una educación sentimental accidentada, la búsqueda de otras mitades, o la subordinación del placer al sentimiento de culpa representan algunas de las manifestaciones heredadas de esta abrupta doctrina del amor.

Pero hay además una divulgación o afirmación que incumple toda norma para la buena conexión de las libertades asociadas y las emociones compartidas: la posesión del otro como símbolo de pertenencia, logrado eso sí, con la única condición de la causa amorosa, en la que queda de manifiesto el usufructo (derecho de goce o disfrute de una persona ajena) bajo titularidad única y monopolizada.

La no aceptación de esos términos rompe una de las reglas de oro del pensamiento erótico consagrado, y descalifica a quienes osan incumplirlo, o a quienes sostienen su nula capacidad de éxito a largo plazo.

No importa que las parejas sepan que al cabo de un tiempo su deseo esté minado. Apenas se le da importancia al hecho de que las esperanzas ocultas y los impulsos no se refrigeren. El autoengaño toma fuerza para sostener los pilares de un edificio que necesita ser restaurado. Y lo más terrible, se retiene sin fundamento alguno, el cuerpo latente.

Este modo de transitar, además de no permitir la espontánea aplicación de nuevas sensaciones, coopera de buena forma con la limitación de uno de nuestros principios básicos, tal y como sucede con la búsqueda de la autonomía personal. No tanto porque parece restringir los movimientos, sino también porque consigue instalar unos perversos efectos en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

Ilustración: Almudena Carreño Torremocha

Ilustración: Almudena Carreño Torremocha

La sensación de no terminar de lograr una conciliación perfecta con uno mismo es notoria. Y ello sucede porque los sentimientos no están cimentados desde la personal construcción del mundo, sino desde el distintivo con el que etiquetamos a la pareja. Y ésta última, no consigue reflejar nuestras verdaderas inquietudes y biorritmos, sino esa otra mitad que ni es nuestra, ni podrá serlo nunca.

De este modo, al diseñar de antemano la vacante existente en nuestras propias experiencias, lo que terminamos por hacer es amoldarnos a la llegada de un intruso del que nos han dicho ha de cubrir una falta que por sí llevamos grabada a fuego.

Algo tan cotidiano es una “inspiración” constante en la música, el cine o la literatura. El rastreo de príncipes y princesas no ha desaparecido; sigue latente en las modernas actitudes de las nuevas generaciones. La práctica del sexo sigue anquilosada en el mismo esquema machista y heterosexual, y no fluye como elemento de placer autónomo, sino como referente del mismo orden de dominio. El hecho de que las relaciones sexuales comiencen antes, o sean más propensas (supuestamente) a desvincularse del amor, no significa que hayan alterado ninguna imagen; tan sólo han derivado en otras secuencias, pero con el mismo patrón.

La exclusividad sexual en la pareja pervive a estos cambios sin despeinarse. Porque todavía no hemos aprendido a reconocer el valor de nuestra soledad y, sobre todo, a conquistarla desde nuestra absoluta integridad. La otra mitad es un delirio, una perversión que nos encarcela de a dos. De ahí las enormes dificultades en las separaciones o en las aspiraciones rotas.

En realidad no existe una única persona que haya de refundar nuestra visión del amor; podemos coexistir con cientos de individuos que pueden deleitarnos, complacernos, y ayudarnos a palpar infinidad de posibilidades. Expandirnos es necesario, porque la particularidad constriñe.

 

Publicado en ssociologos.com y en iniciativadebate

imagen, almudena carreño torremocha

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La mutilación (o el drama del amor romántico)

Desatando nudos. La mutilación.

La vivencia íntegra del amor romántico hace posible que la fascinación y la idealización del objeto amado arrastren todas las energías y canalicen todos los actos y movimientos para que el proyecto tan esperado se materialice en esa estimada sonrisa de placer, en ese delirio de bienestar fruto de la complicidad de ese deseo. Pero cuando el apego se intensifica y se camina despojado sin sentir apenas la presencia del mundo, la entrega fluye corriente abajo y no hay tiempo para elegir el camino, reconvirtiendo ese posible  “yo”, en  un “nosotros” enmascarado. Y en ese preciso momento, nos convertimos en depositarios de una parte esencial de nuestras vidas. Sigue leyendo


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La exclusividad sexual

Desatando nudos. La exclusividad sexual

La implicación del amor romántico en nuestras biografías ha traído consigo una serie de argumentos vitales que están erosionando la buena marcha en el discurrir de las relaciones de pareja.

Estos argumentos son consecuencia de la idealización con que se observa el mundo, a través de unas lentes que solo permiten visionar sueños inconsistentes. La eterna durabilidad de la magia, una educación sentimental accidentada, la búsqueda de otras mitades, o la subordinación del placer al sentimiento de culpa representan algunas de las manifestaciones heredadas de esta abrupta doctrina del amor. Sigue leyendo


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Mujeres y hombres

MiCita con las Palabras.

Numerosas mujeres no llegan a reconocerse porque los hombres simbolizan demasiado en sus vidas (la imagen del amor romántico es fiel reflejo de ello). Por el contrario, la mayoría de los hombres se reconocen en exceso, porque apenas si conceden representación a las mujeres.

Photo by Joséluis V. Doménech

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