Un dominio propio

Una de las más lúgubres maniobras de nuestras democracias es convertir la búsqueda de la verdad en delito y, de paso, hacer creer que las reflexiones que emanan de esa búsqueda sean consideradas subversivas o radicales.


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Un cuento de invierno

Breves:

(prostitución infantil)

Los niños jugaban con condones de colores inflándolos a modo de globos que dejaban escapar como sueños. Los pies descalzos y los ojos abiertos, bien abiertos, porque siempre podía llegar el cliente más oportuno. De un vistazo sabían si de lo que se trataba era de una apresurada felación, o si podían convencerlo para retener sus deseos toda la noche, y de ese modo entre dos o tres sacarle una buena tajada, además de algunas heridas en sus delicados mimbres con los cuales tejían los erráticos y extraños entretenimientos que llenaban de placer a los turistas armados de decadencia. A veces incluso los dormían abonando la infusión con algunas hierbas que utilizaban en defensa propia.  

Había jornadas en las que descansaban hasta seis horas, y se sentían agradecidos cuando al amanecer uno de los jefes les recompensaba con dos billetes y un viejo plato cubierto tan solo de arroz y mucho caldo.

Aquella mañana nadie vino. Muy cerca, una nueva redada policial alumbró las calles de ruido y fuegos de artificio. Un señor entrado ya en años y liposucciones despertó cuando el sol despuntaba y las primeras cucarachas se escondían. Miraron a todos lados y se abalanzaron sobre él, que todavía transitaba por alguna nebulosa desconocida. Hicieron acopio de una fortuna y salieron corriendo a buscar su nueva dosis de inhalación preventiva. Así creían olvidar la imagen de esos surcos que dejaban las venas hinchadas de sangre, como iconos del capitalismo que explotaban sobre sus rostros imitando a las bombas de racimo.

Así creían olvidar, su infancia cautiva y desmoronada. 

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

 

 

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