Un dominio propio

Una de las más lúgubres maniobras de nuestras democracias es convertir la búsqueda de la verdad en delito y, de paso, hacer creer que las reflexiones que emanan de esa búsqueda sean consideradas subversivas o radicales.


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Censurando, que estamos en democracia

Todo un entramado censor se ha venido estableciendo en nuestros países. El proceso lleva mucho tiempo. No se trata de una reacción a la guerra de Ucrania, ni se trata de una respuesta a supuestas políticas belicistas rusas. Bien al contrario, es toda una reconstrucción que proviene de políticas estadounidenses de las que ya hablamos hace muchos años, que consisten en demonizar a sus opositores e ir publicitando el rostro del enemigo para después tener el respaldo o justificación para realizar este tipo de acciones coercitivas contra la libertad de expresión. Es decir, primero se define un plan de ataque, y después se elaboran una serie de medidas que responden únicamente a los objetivos de dicho plan. Para que nos entendamos: las represalias contra los medios rusos no son consecuencia de la guerra, sino uno de esos objetivos que ya estaban prediseñados en el plan de ataque.

Cuesta creer que a estas alturas haya este tipo de sanciones contra los «disidentes» o contra todas aquellas personas que luchan por desmontar las versiones oficiales, pero es un hecho que está protagonizando uno de los más lamentables episodios de las democracias capitalistas. Me ha sucedido a mi y está sucediéndole a muchas otras personas que procuran contar o narrar sus impresiones sobre este oxidado mundo.

Ocurrió hace unos meses (el 16 de septiembre), y arrinconaron mis palabras y no me permitieron publicar durante un buen tiempo (un mes). Hoy solo deseo mostrar cómo fue el proceso y así dejar constancia de lo que está sucediendo.