Un dominio propio

Una de las más lúgubres maniobras de nuestras democracias es convertir la búsqueda de la verdad en delito y, de paso, hacer creer que las reflexiones que emanan de esa búsqueda sean consideradas subversivas o radicales.


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Caos

Breves

Cuando un suicida arde, ya es demasiado tarde para apagarlo. Hay que combatirlo allí donde se produce: en las fábricas escondidas y polvorientas subvencionadas por la globalización y que vienen a llamar agencias de espionaje. Incluso desde las embajadas promocionan la desestabilización, y lo que podía ser diplomacia se convierte en el prostíbulo del terrorismo.

Hoy despierto frecuentando el desasosiego del infortunio. No para mi, sino para esas millones de personas que viven a expensas de que su dado haya volcado sin que arista alguna haya podido detener el estruendo.

Por momentos me gustaría que todos viviéramos allí, y a nuestro regreso volviéramos hieráticos, golpeados por esta desafección que no quiere comprender al otro, ni tan siquiera en el desgarrador lamento del abandono.

Somos un incontrolable desperfecto humano. Y no merecemos el más mínimo recuerdo para ningún pasado. Libia, Siria, Venezuela, Yemen, Palestina… Perdonad tanta infamia, pero nuestras democracias son así, el alimento para una nueva tragedia.

Photo by joséluis vázquez domènech

 


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Breves

No nos llevemos a engaño

Los resultados de ayer dicen mucho de la atrofia política que habita en la cúpula del PSOE (mayor vergüenza es difícil de poder sobrellevar por parte de los protagonistas del golpe). Pero ello no significa que en sus bases haya aire fresco y vientos de cambio. Por mi parte, no me cabe la menor duda de que su desaparición sería la única medida digna de tener en consideración.

En primera instancia parece que su defensa del capitalismo y esa política beligerante y creadora de desigualdad que ha estado respaldando desde 1974 ha de ser el mayor problema al que nos debemos enfrentar, pero no…

Hay un elemento mucho peor que nos está amordazando y arrinconando sin que, al parecer, nada podamos hacer. Más allá de los daños evidentes que nuestra sociedad está sufriendo por culpa de regímenes políticos corruptos, capaces de vestirse de legitimidad gracias al apoyo desmedido de unos medios de comunicación despreciables, hay un hecho sustancial que si no somos capaces de descifrar en breve nos hundirá en la miseria más absoluta: el verdadero trauma reside en seguir creyendo que vivimos en una verdadera democracia.

Tal y como señala Alain Badiou es esa “ilusión democrática”, nuestra lastimosa aceptación de los propios mecanismos democráticos como objetivo final del cambio los que, en realidad, están impidiendo que seamos capaces de avanzar a ningún sitio.

Sin llevar a la fundición este sistema político, todo lo que vaya aconteciendo en él es sólo pan para hoy y hambre para mañana. Mucha hambre. Y Pedro Sánchez es otro ilustre representante de la miseria que nos rodea.

Photo by joséluis vázquez domènech

 

 

 


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La Guerra Mediática (III)

Los cuatro jinetes de la “Democracia Europea”

Del mismo modo que al hablar del matrimonio podemos hacer alusión a la endogamia o la exogamia, al matrimonio por captura o por consentimiento, referirnos a la monogamia y la poligamia, a la poliandria y a otros muchos factores e ingredientes que hacen de ésta institución social una costumbre que ha vivido muchas alteraciones, lo mismo deberíamos hacer con el concepto de Democracia.

Sabemos que desde los análisis de las “formas reales de gobierno” realizados por Aristóteles hasta hoy ha habido transformaciones muy profundas, y también sabemos que los diferentes tipos de gobierno que se han ido estableciendo a lo largo de la historia han estado siempre más cerca del poder que de la ciudadanía. Desde el siglo V antes de Cristo, al menos en el uso teórico del término (porque su implantación generalizada bien podría decirse que apenas ha tenido una repercusión real en ningún lado), cientos de filósofos, pensadores, politólogos, ideólogos, y un sinfín de predicadores, se han ido posicionado con respecto a esa combinación que habría de darse entre los factores políticos, económicos, el estado y sus leyes y el conjunto de la ciudadanía. Y en líneas generales, podemos llegar a la conclusión de que nos han estado tomando el pelo.

Es lógico que pararte a pensar en la Edad Media o en el periodo de entre guerras sobre cuál habría de ser el sistema perfecto para administrarnos mejor como sociedad nos llevaría a posicionamientos bien diferentes porque partiríamos desde premisas altamente contaminadas por el ritmo de los acontecimientos. Pero ello no nos puede nublar la mirada para ser incapaces de ver que el pueblo, siempre, termina bajo el yugo de grupos sociales dominantes. Es igual que hablemos de ciudades-estado o de estados nacionales; la amenaza siempre ha sido constante y las democracias no han dejado de estar asediadas o, en el peor de los casos, abortadas antes de que pudieran florecer en el descampado de la esperanza.

Actualmente, y para ir concretando, basta señalar que lo único que experimentamos es el señuelo de la democracia, y basta comprobar para ello la ingente cantidad de reglamentaciones existentes para, precisamente, negar a la ciudadanía su posibilidad de participación. Queda claro que quienes dicen ser nuestros gobernantes se apropian de todas las licencias  para consagrar sus arbitrarias formas de articular el poder, y subsiste así una estrategia que inmediatamente conduce a  una ruptura importante entre las estructuras estatales y el conjunto de la sociedad.

No hay más que observar la foto de los cuatro mandatarios reunidos en Versalles días atrás, que sin vergüenza alguna manifiestan cómo ha de ser el futuro de la Unión Europea. ¿Quiénes son Merkel, Rajoy, Gentiloni y Hollande para determinar por obra y gracia del espíritu santo el devenir de millones de personas de las que pasan olímpicamente?

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Estamos enfrentados a manipulaciones sociales de alta intensidad. Y los medios de comunicación, en vez de plantearse qué clase de legitimidad y en base a qué criterios (u órdenes) se establece dicha cofradía, celebran el enorme valor de éstos inadaptados sociales para salvar Europa de una catarsis que ellos mismos manipulan. El núcleo duro de la intransigencia!

Su único fin es limitar la defensa de nuestros derechos y profanar los valores de nuestras libertades, y nos someten “en nombre del bien común”.

Uno de los mayores males de nuestras democracias es que se ha ido extendiendo la creencia de que las leyes son el fundamento de las causas justas. Y viene bien recordar a Montesquieu, “Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa”.

No conozco ninguna definición de Democracia que se ajuste a nuestra realidad política y social. Por tanto, es urgente no permitir que se siga hablando de ella desde el menosprecio generalizado, y disponernos a renombrar nuestro sistema de gobierno con cualquier término que le haga, esta vez sí, justicia.

En cambio, conozco miles de ejemplos y argumentos que confirman la tesis de que estamos imposibilitados para poder hablar del “gobierno del pueblo”.

La manipulación del lenguaje es una carga pesada que debemos abandonar.

Capitalismo y Democracia son incompatibles. Es más, el primero solo busca la concentración de poder contra la posibilidad de abrir cauces de participación ciudadana y tiene una visión instrumental de la democracia. Esto es, ésta únicamente es buena cuando funciona dentro de un marco determinado de relaciones sociales y de propiedad. Tal y como señala James Petras, el capitalismo tiene una visión relativista: “Cuando extiende sus intereses y fortalece sus posiciones estatales está en la onda democrática. Cuando sus intereses están violados y amenazados, pasan a la política opresora y apoyan un régimen autoritario.”

Todo indica que la gente no comprende realmente lo que nos han hecho. Solo tenemos el derecho de aceptar lo que otros deciden por nosotros. A eso le llaman Democracia y aun así se sigue yendo a votar.

Grecia fue quien marcó el camino de la democracia, pero también donde se crearon el drama y la farsa para sus espectáculos teatrales. Y como perfecta representación de dichos elementos, a la que hemos asistido estos últimos años, tenemos el ejemplo perfecto de lo que hoy se entiende en Europa por Democracia. Con Alemania al frente, y con el excelente trabajo de los medios de comunicación, nos han hecho creer que el país heleno no es sino una banda de irresponsables defraudadores y que por ello han caído en desgracia.

Es cierto, hicieron muchas cosas mal, pero fue todo un entramado financiero y político el que ocultó una miserable maniobra. Cuando Grecia fue admitida en la zona euro nuestras queridas instituciones, a pesar de su evidente fragilidad y de sus escasos recursos, consideraron que existían todas las garantías necesarias para recibir créditos masivos y baratos. Llovieron sobre Atenas ofertas de financiación a tipos de interés de risa, en particular por parte de bancos alemanes y franceses que incitaron a los gobernantes helenos a endeudarse a bajo coste y a largo plazo para adquirir principalmente material militar alemán y francés.

Hoy podemos hablar de un país humillado y aniquilado, que ha perdido el 26% de su PIB, donde los salarios han bajado un 14%, el 20% de la población no puede permitirse una comida y donde la falta de vivienda se ha triplicado en los últimos años.

Son algunas de las consecuencias concretas de lo que permite y subvenciona la Unión Europea. Una unión que establece sus parámetros de actuación en términos de dinero, y de la que podemos decir con tranquilidad que no basa sus acuerdos a partir de la solidaridad, sino desde la estrategia de los mercados. El euro, que supuestamente iba a ser el primer punto de partida para la integración está resultando ser el mecanismo perfecto para abrir la brecha de la desigualdad y la existente entre los países fuertes y los débiles.

Hay lecciones que nunca deberíamos olvidar, pero el rodillo de la guerra mediática sostiene con precisión las mentiras y el sillón que hay que respaldar. Alemania quedó humillada por el Tratado de Versalles, y casi 100 años después hace lo propio con el pueblo griego, un pueblo que le brindó su ayuda en 1953 en el Acuerdo de Londres.

Este Acuerdo sobre la deuda externa germana consistió en la quita o anulación de una gran parte de esa deuda por parte de los países acreedores. Grecia formaba parte de ese grupo y votó a favor. Así, este hecho fue clave para la rápida reconstrucción de dicho país, hasta el punto de que su crecimiento supuso su resurgimiento como potencia mundial.

Ningún Sistema Político que depositara su confianza en el poder del pueblo obraría de tal manera permitiendo hechos tan lamentables como los que protagonizan nuestros impresentables gobernantes. Pero este es tan solo un capítulo, una nimiedad en el vasto territorio que ocupan las inexistentes democracias.

Para quien no lo haya visto, tiene aquí la oportunidad. Deudocracia, un documental que busca las causas de la crisis y de la deuda en Grecia, y que propone soluciones que los gobiernos y los medios de comunicación dominantes ocultan y lo seguirán haciendo…, hasta que ya sea tarde.

Por favor, dejad ya de hablar de democracia.

Colaboración para Iniciativa Debate

 

 


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La violencia como estrategia: 08

¿Es posible distanciarnos del Estado?

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Desde instancias académicas, desde nuevas formulaciones para paliar el maltrecho mercado de trabajo, desde las ciudades tullidas, o desde emplazamientos diversos y distantes en el mundo (que buscan sobre todo emprender nuevas vivencias), hay una cada vez mayor confluencia en un aspecto humano. Nos necesitamos, y nuestra colaboración es el germen de la emancipación.

No es casual que las micro-cooperativas, las redes de economía alternativa o la expansión de centros sociales auto gestionados estén a la orden del día. Son la respuesta automática a la constatación de la pervivencia de ese enemigo común que mancilla nuestras vidas.

La recompensa que recibiríamos tras una lucha de emancipación sería admirable, como lo fue aquella vez que la mujer se irguió para mirar de frente al hombre que la oprimía. La meta es un estallido de tranquilidad a cada momento de lucha, sin que podamos ver liberación definitiva alguna, porque siempre habrá violencia.

No hay por qué pensar en alcanzar la desaparición de toda dominación. Basta con encender los dispositivos a nuestro alrededor. Pero hay que habilitar espacio en nuestro interior para dosificar el trabajo, y para poner en pulsión a la mayor parte de la población.

Unas prácticas cada verano con asignaturas como la importancia de la subversión o el anclaje de la revolución. Esperar el desmoronamiento de los medios de comunicación. Un ajuste de cuentas con algunos emperadores de las finanzas. El decaimiento del capitalismo por su propia fuerza interior. O la expulsión de nuestros pueblos del reconocido tirano de cada generación, no son viajes sustanciosos a ningún vergel, porque nunca se podrán dar, y mucho menos generalizar.

Hay otros modos de debatir o de decidir, pero cada vez queda más claro que ha de haber otros modos de actuar. Democratizar la acción y pluralizar el compromiso es de vital necesidad. Porque ya no se trata de una  desconfianza hacia nuestras instituciones, se trata de un claro enfrentamiento con el poder.

Han pasado muchísimos años departiendo de nosotros; les encanta hablar en nombre de los demás, y es hora de poner nombre a nuestros propios actos y nuestros propios pensamientos.

No necesitamos que nadie nos represente, porque somos emergentes en nuestro propio avance, y la única mediación que necesitamos es la de quienes nos acompañan. La mayor fuerza es insistir en que nos están abatiendo, y que tras cientos de años de repetición del mismo cuento, es hora de escribir las bases para la nueva pervivencia.

La integración en el sistema, sea desde la ciudadanía o sea desde la participación política tradicional es un fraude, ni tan siquiera es un mal menor. Que no sepamos contrarrestar ésta democracia, o que no sepamos aún distanciarnos de éste estado no incrementa la duda ni desdice el sufrimiento que causa a tanta gente ésta horrible situación. Detenernos es un gran avance, para no tomar jamás el camino hacia ningún poder.

Es prácticamente nula la posibilidad de asumir un futuro liberador dando un salto a través de la vía electoral integrada en las gradas de la globalización. Asumir la práctica y las mismas formas de quien nos controla, siempre incidirá en la forma de ser y de pensar de quien se preste a ello, y no habrá puertas para tamaña empresa.

No sé qué hay más allá del Estado, pero intuyo que ningún intento por el poder nos puede traer espacio alguno de libertad. La única pretensión debe ser sabernos al lado, conscientes de nuestra disposición.

Las condiciones de vida han de ser revisadas por completo, para ir abandonando todos los espacios de in-decisión. Tenemos el deber de mirar justo al otro lado, y dejar inservibles las bases militares, los imperios y sus mercados internacionales. Lo pequeño es la mejor apuesta de gobernabilidad.

Nos violentarán a lo largo de todo el camino, como lo han venido haciendo a lo largo de toda la historia, y habrás de saber que en tu defensa nunca habrá violencia sino el derecho a la rebelión como único destino.

Nos violentarán con nuevos consumos, y degradarán cada posibilidad de observar con atención el cielo, pero observaremos todas y cada una de las calamidades para comprometernos con celo.

Las soluciones no vendrán de aquí, de éste Estado fatigado. Pero no esperes milagro alguno, porque probablemente te encontrarás contigo mismo, pero esta vez como  individuo crítico dispuesto a interrogarte de nuevo.

¿Dónde está el norte? Sigo dudando…, pero sigo.


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La violencia como estrategia: 07

¿Debemos detenernos a seguir pensando qué está sucediendo, o directamente estamos obligados a pasar a la acción?

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Yo mismo me pregunto sobre el papel que desarrolla quien es capaz de estar horas sentado sobre la mesa indagando sobre el futuro incierto que nos llega. Y resuelvo, cada vez con más urgencia,  ir desprestigiando los modelos de pensamiento, acotar tanto experimento de inspiración intelectual y ceder paso a la convergencia de todos quienes sintamos la necesidad de derribar los muros y popularizar la felicidad.

Conducir una idea universal, por muy buena que nos parezca, ha de ser rechazable de antemano. Sería como inspirar una globalización del pensamiento opositor. Ni estamos todos en el mismo puerto de salida, ni querremos ir a idéntico jardín a descansar.

Mi propuesta emerge de la absoluta discordia con el mundo actual y del firme deseo de construir un poco de posibilidad. Sabiendo que para ello ha de haber una etapa de ruptura, de colapso, y de involución, entendiendo ésta como desapego con el proceso actual de desarrollo.

Una retirada a tiempo será menos maléfica que continuar constantemente en el intervalo de las crisis económicas, que a cada embestida arrinconan a millones de personas de la vida. Hemos de replegarnos, de ajustarnos el cinturón, y hemos de alejarnos por completo del horizonte de la globalización.

Si ante la invasión hay que estar descalzos frente a los tanques, reniego de dicha declaración. ¿Cuántos muertos han de haber cada día en el mundo para que comprendamos que no podemos esperar más? ¿Cuántas experiencias han de fracasar para que abramos los ojos a la realidad?

Una cosa es incitar a la violencia y otra manifestar el derecho a la defensa. Son dos cosas bien diferenciadas, y quien acredite ilegítimo protegerse, que vaya a Siria a pasear por sus calles pidiendo la paz, o que atraviese México de norte a sur y de este a oeste visitando los cárteles y sus cárceles, o vaya de vacaciones a bosques y selvas esperando que una excavadora le aplaste. Del mismo modo que todos tenemos derecho a comer una estúpida hamburguesa, también lo tenemos para vigilar nuestra casa, o lo que debería ser nuestro hogar.

Esto último ya es hasta un privilegio, porque ¿quién tiene una casa en propiedad? Mayormente quien apenas ha de defenderse de nada, porque ya está embarcado en la mediocridad.

No se asusten. Debemos. Nos debemos. Y con ello hay que aprender a mirar. Y no es lo mismo hacerlo desde la oficina que desde la selva de Lacandona, no es igual escribir una tesis sobre Colombia que vivir en Colombia refugiado en la clandestinidad. Nada es comparable a estar en la miseria, a morir de hambre, o a esperar la muerte por una bala indiscriminada. Nada puede ser solvente si no partimos desde esa base, desde la capacidad de reacción a esa cruda realidad que supera cualquier hecho anecdótico de nuestras vidas.

Hay que activar todos los protocolos porque nuestro mundo es un continuo estado de emergencia, en el que cada segundo parte una ambulancia medicalizada, a intentar reponer de un ataque a un pedacito de tierra que ha infartado.


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La violencia como estrategia: 06

Urge salir de tanta intimidación

Seguir especulando sobre dónde radica la fragilidad del Sistema y, peor aún, sobre quiénes son los causantes de tanta violencia exaspera. Si sabemos que el capitalismo no puede subsistir sin apropiarse también de los medios de producción de conciencia, no nos queda otra que cultivar la paciencia y dejar de consentir a éstos intermediarios como generadores de tanta guerra.

Si sabemos que un número reducido de grupos mediáticos controlan casi la totalidad de la información que circula por el mundo, estamos en la obligación de cuestionar estos medios masivos que sostienen y reproducen los intereses de empresarios y banqueros. Y si sabemos que su objetivo es seguir impulsando su tiranía, hemos de constatar el hecho, sin ambigüedades, sin declinar en cuestiones morales ni otras matizaciones.

La amenaza no trata sólo de un sometimiento al criterio unificado de la barbarie. Es ya un hecho real de muerte y generalización de la pobreza, es ya un compendio de vidas humanas amordazadas, esclavizadas, hambrientas y manipuladas.

Ya entendemos este mundo, no tienen que venir a monopolizar el relato acerca del mismo. Y en su intento, han de tenernos en frente.

Esta democracia no nos sirve, la violencia gratuita nunca ayuda, y el Estado es un peregrino que va de mano en mano. El único logro posible nos obliga a desentendernos de todo el proceso, ese que llamaron progreso. Y solo hemos de preguntarnos si tenemos la capacidad suficiente para darle la vuelta al mundo, y ponerlo patas arriba.

Lógicamente, somos nosotros quienes deberíamos ser protagonistas del cambio, y quienes habríamos de procurar que todo se redujese a cenizas para construir una nueva sociedad. Hacerlo desde lo establecido no parece tener mucho futuro. Es del todo aventurado pensar que lo que no hemos conseguido en dos mil años de historia lo podamos conseguir ahora que estamos maniatados por una serie de resortes perfectamente construidos.

Si apelase a la unión de la clase obrera, a la concienciación de la lucha, a la necesidad de adueñarnos de los recursos productivos, y a esa planificación desde el seno de los partidos políticos, creo que estaríamos repitiendo procesos de los cuales no podríamos salir airosos, dado que éstos mismos nos demuestran que no hay posibilidad alguna de alterar el rumbo desde dentro del sistema. Toda transformación se dio en los sindicatos, en las barricadas, en las calles, en las pieles dibujadas de heridas y sudor. No en las oficinas, donde se firman los trapicheos y los canjes, donde se da la espalda a la verdadera causa de los males.

Es reiterativa e ineludible, y nos golpea constantemente la necesidad del cambio, pero probablemente estamos alejados del objetivo porque no partimos con precisión rumbo a ese gran sueño. La razón es más sencilla de lo que pudiera parecer: no es posible el cambio dentro de éste sistema, porque en su génesis y en su puesta en escena lleva consigo el dolor y la desigualdad. No puede alterarse la órbita porque el núcleo sobre el que gravita es realmente pernicioso. Solo cabe destrozar el capitalismo y fundar una nueva táctica.

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

¿Alguien se imagina que en el centro de operaciones de este ambulante mercado de la degradación, hablo de Estados Unidos, pueda surgir un partido que cumpla con los requisitos necesarios para solidarizarse con el oprimido y llevar su causa a la Casa Blanca? En condiciones normales, es decir, siguiendo las pautas que marca su ordenamiento jurídico, su sistema de partidos, y su operatividad institucional, no solo es imposible, es hasta inimaginable.

Claro que ante este planteamiento cabe decir que no todos los países siguen el mismo proceso, ni parten de una situación similar. Pero no hemos de llevarnos a engaño, creer que una Uruguay (sobrevalorada) puede ser el espejo de una futura transformación es rendirse a la ingenuidad más absoluta. Cabría tal probabilidad si México la dividiéramos en cien pedazos, y lo mismo hiciéramos con Brasil, Argentina y todas las demás naciones.

La gobernabilidad está cada vez más alejada de la ciudadanía, y ésta necesita como primera condición sentirse y estar cerca del poder de decisión, y tener las herramientas adecuadas para involucrarse en el proceso y asistir en comunidad siendo protagonistas de todo acontecimiento.

La globalización no es  en ninguno de los sentidos catalizadora de desarrollo alguno para la mayoría de la población. Es una cadena enorme que tiene como principal objetivo crear sujetos consumidores desde Buenos Aires hasta Singapur. Es parte de la lógica capitalista, regida por unas leyes que sólo buscan el aumento de beneficio y que conlleva una serie de transformaciones con graves repercusiones para quienes quedan fuera del proceso de enriquecimiento. Lidiar contra ella es más necesario aún que expulsar a los ejércitos de nuestras fronteras.

Quienes nos dirigen nos cuentan que la capacidad de consumo es lo que nos hace modernos, la que alimenta nuestra felicidad, el objetivo de los países en vías de desarrollo. Pero esa premisa encierra las fisuras del pensamiento liberal, y tal y como manifiesta Eduardo Galeano, trae consigo el derecho al derroche, privilegio de unos pocos en nombre de la libertad de todos.

La que parece invisible violencia del mercado es la causa del hostigamiento continuo al que estamos sometidos. Es la dictadura que nos hace iguales en el ansia de compra, uniformizando hasta la última neurona pensante, y llevándonos sin remedio a ese laberinto cuya única puerta de salida corresponde con el inicio de la revuelta.

Desde altas instancias del Estado se llega a acuerdos con altas instancias del Fondo Monetario y el Banco Mundial, y entre ellos y otros más siembran las bases de las violencias más extendidas. América del Sur ya fue asfixiada con esa praxis delictiva, y en su lucha por salir airosa de la contienda sigue presionada, arrinconada, y vejada sin escrúpulos para no permitir que tome tan siquiera un poquito de aire. La actual situación no la resuelve democracia ninguna, entendida ésta como los regímenes que se han extendido de la mano de la globalización. Solo cabe la ruptura, el desapego, la huida a territorios alejados de la injusticia.

El mundo que habitamos es un mercado dirigido por la globalización, y la posibilidad de asentar la democracia o alejar la violencia es del todo improbable. La razón sigue viva cada día; las riendas las lleva un universo financiero resuelto a modificar aún más las reglas y dispuesto a hacer posible que una minoría prepotente se haga dueña de todo lo que nos rodea.

Las consecuencias de todo ello priorizan entre los sectores populares el ejercicio de cierta “violencia” dada la necesidad de luchar abrazando las causa justas, o empujados por el ánimo de transformar el statu quo. Y muchas veces incluso parece ser que desde el propio Estado se ajustan ciertos dispositivos para alentar a la práctica de dicha violencia, y así responder con motivos suficientes. Lo acontecido los últimos meses en Estados Unidos con esa indiscriminada ola de asesinatos de hombres negros por parte de la policía llama enormemente la atención, por la frivolidad con que se hace gala de ese “ejercicio de poder”, y también por las situaciones tan inverosímiles en las que se han dado.

La salida se presenta inevitable. El Estado, el Sistema de Partidos o la Democracia, son títeres del capitalismo que, en mayor medida, están perfectamente programados para repeler toda lucha de los movimientos sociales. Y si cada cierto tiempo necesitan ajustar sus parámetros para mantener la expansión del mercado, se acuerdan nuevos procesos y prosigue su solemne marcha.

Nos han destruido las economías de subsistencia y paralelamente han provocado una dependencia progresiva de los ingresos monetarios. Nos están expulsando del estado de bienestar, reconvirtiendo a cada trabajador en un sufrido individuo lleno de necesidades. Han privatizado los bosques, los mares y hasta las especies animales, estableciendo la agroindustria, la extracción de minerales o lo que podría resumirse como total apropiación.

Un nuevo colonialismo para un nuevo orden mundial. Y todo ello ha seguido una pauta, no ha surgido como repunte de ninguna improvisación. Hay una reorganización constante, donde se deja de invertir en mejora de vida para construir como ya algunos afirman, el planeta de las ciudades miseria.

Y lo peor de todo, han arrebatado las tierras a quienes más las necesitaban, para que se conviertan en focos de extracción, y no de consumo humano. Este es el golpe definitivo para impulsar la migración, y si hace falta una guerra se llama a sus puertas para que vengan los ángeles negros. Y si hace falta una incursión se crea cualquier condición para que se vea como necesaria.

Todo ello, repito, viene sucediéndose desde los inicios remotos del capitalismo, y su internacionalización más completa está repercutiendo aún más en un mundo desmantelado que, ésta vez además, viene a morder a destajo. Antes este proceso traía consigo catástrofes humanas lejos de las fronteras donde se vivía el desarrollo, pero ahora la desestructuración es global, de norte a sur y de este a oeste. Y todo indica que el empobrecimiento y el hambre se extenderán también en ese norte que se creía ajeno y a salvo de tanta cruzada. Estados Unidos ya es un claro ejemplo de ello, aunque Estados Unidos ya es un claro ejemplo de todo.

Por si las razones expuestas no suponen ya un duro golpe a nuestra conciencia, queda esa milagrosa financiación de la sumisión y el vasallaje a través de la deuda, y su efectivo golpe contra toda esperanza.

Se cierra mi evaluación porque tampoco necesito ensanchar la galería. No hacen falta más evidencias para sancionar tanto al Estado como a su Democracia.