Un dominio propio

Una de las más lúgubres maniobras de nuestras democracias es convertir la búsqueda de la verdad en delito y, de paso, hacer creer que las reflexiones que emanan de esa búsqueda sean consideradas subversivas o radicales.


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La Violencia como Ejercicio Social

La convivencia social y la violencia de género

Hay una especie de creencia sobre el abuso y la violencia sexual que viene a decir que en los últimos años el mundo se ha vuelto loco, pero debemos constatar que tales comportamientos han estado presentes durante toda la historia.

No debemos olvidar tampoco que los abusadores no son sujetos extraños o marcadamente específicos, pues pueden ser de cualquier raza, edad, nivel socioeconómico y, no lo olvidemos, de instrucción.

Llama la atención que una acción social e institucionalizada, con gravísimas consecuencias para un elevadísimo porcentaje de la población, no haya sido considerada problema de primer rango y no se hayan puesto todos los medios para poder atajar tanta barbarie.

Durante los últimos años parece haber posicionamientos y políticas destinadas a contribuir en la ayuda a las víctimas, así como discusiones sobre los castigos que se debieran implementar para quienes ejercen el maltrato contra las mujeres. Pero además de estar desactivadas por la imprecisión y por una especie de negación del sentido común, apenas hay respaldo suficiente y, lo que es peor, es casi inexistente la búsqueda necesaria de los orígenes y causas del uso de la violencia, elemento fundamental que deberíamos considerar en la lucha contra esta lacra que parece no tener fin.

Claro que podemos llegar a comprender tanta desidia al comprobar que quien atesora en sus manos el don de la violencia es quien ha de resolver o minimizar el uso de ella.

La incapacidad de decretar y establecer más leyes al respecto, de ponerlas en práctica y estudiar su vigencia y eficacia se traduce, no lo olvidemos, en un cementerio menos vacío.

Desde el Estado hasta el último reducto de la sociedad, desde todas las instancias de poder hasta el último hombre, está jerarquizado y naturalizado el patrimonio del mandato supremo del macho dominante. Y la manada parece seguir fiel a este rito histórico feroz, donde el cazador sigue marcando sus leyes, y donde la cultura aún no ha podido usurpar su sitio a ese mecanismo que como precepto instintivo quedó grabado de generación en generación durante miles de años.

En el proceso histórico pasamos de la horda a la tribu, y de ésta a la constitución de la familia. Y también pasamos de aquél apareamiento indiscriminado y anárquico, donde no había forma de determinar la paternidad, a las restricciones en el comportamiento sexual así como al uso de la violencia y el asesinato como principal forma de acceso al dominio, estableciéndose estas relaciones exclusivas y cerradas para el grupo unido por lazos de consanguinidad.

Llegó el periodo de protección, y lo que podríamos denominar las nuevas experiencias de comunicación, amor y ternura. Se dio paso a la constitución de castas y el linaje, con los diferentes condicionamientos en las relaciones que irían dando forma a lo que después se consolidaría en las formas de relación estable del matrimonio, y se favorecía el fortalecimiento del grupo con generaciones de nuevos guerreros para prosperar y luchar contra las amenazas.

Durante cientos de miles de años se ha ejercido la violencia como medio para imponerse al medio, a las fieras y depredadores…, y a los demás hombres. Con el desarrollo de la conciencia aparecen el trabajo agrícola y artesanal, y la evolución de la sociedad trae consigo la aparición de la religión, la ética, la ciencia y los manuales de buenos usos y costumbres, supuestamente de acuerdo a los valores superiores de cada sociedad.

Hasta que el hombre aprendió a sentirse dueño del mundo, y seguir siéndolo…, de la mujer. Y en esas estamos, a pesar de toda evolución, y en contra de todos los criterios de lo que entendemos por civilización; el hombre sigue siendo el enemigo principal de la mujer. Y estamos obligados a detenernos en las causas si realmente queremos atajar las consecuencias.

Photo by joséluis vázquez domènech

Un enorme interrogante abre una grieta, probablemente, en la propia constitución y desarrollo posterior de la institución a la que llamamos familia. A mi entender ha adoptado una forma de proceder que repite el mismo esquema que se da en ese Estado opresor que se protege de forma carcelaria. Si lo que en otros tiempos pudo salvarnos y quizás ahora nos esclaviza, puede que sea tiempo de revisar la experiencia. Y al igual que transformamos la educación o el estilo de vida, puede ser perentorio progresar hacia un nuevo modelo de convivencia.

Es urgente, a no ser que la supervivencia de las mujeres nos parezca una ocupación secundaria en el mercado de la vergüenza y la ignominia. Tal vez podamos confirmar que los efectos de tanto terror las paguemos entre toda la ciudadanía, pero la muerte se ensaña siempre con el mismo colectivo y no cederá en su impulso y en su insistencia desmedida.

La UNESCO acertó claramente en el diagnóstico sobre la violencia, y en su carta constitucional después de la segunda guerra mundial promulgó: “puesto que las guerras nacen en la mente de las personas, es en la mente de las personas donde deben erigirse los baluartes de la paz”. Muy atinados en su análisis, y bastante desacertados en la implementación de políticas que pudieran resolver dicha realidad.

No encuentro otra apreciación mejor y, por tanto, prosigo para ver hasta dónde podemos llegar. Jordi Calvo Rufanges nos recuerda que nuestras mentes incorporan la violencia como algo consustancial a nuestra forma de ser, y así, no cabe duda de que innumerables rutinas relacionadas con ella van conformando nuestro carácter social. Lo más grave es poder seguir comprobando que es el propio Estado, única entidad autorizada para ejercer la violencia en el territorio que lo conforma, quien guía a ciegas a su propia ciudadanía hacia el proceso de militarización de las mentes.

Hay una ideología que propicia dicha militarización, y una educación que la acompaña. El capitalismo más salvaje nos enseña que la lucha individual contra nuestro competidor es una constante, y que la figura que lo simboliza se puede redefinir desde un patriarcado rearmado con otros valores pero con aquellos recursos que le siguen reafirmando en su mandato y con su autoridad.

Si. La inscripción de la violencia  en las normas sociales ha sido el primer eslabón para convivir con ella, para dotar al sistema de una razón de fuerza mayor a la que se pliega, y consolidar así su necesidad rampante.

No es difícil observar cómo se extiende el ánimo arrebatado y enfurecido a través de todos los canales, hasta instalar en nuestros cerebros el chip del enfrentamiento como elemento natural de nuestra especie. Y todo porque la violencia… se estimula.

Un informativo cualquiera en casi todos los rincones del mundo pretende generar audiencia, y como si se tratara de un show más nos somete a la vulgarización de los hechos más terribles y difíciles de asimilar. Sin que importe mucho la localización del suceso, podemos pasar de un tren descarrilado en Corea a una inundación en Perú en dos segundos, o de una avalancha en una discoteca de India a un incendio en una fábrica pirotécnica en China. Y en medio de todas las noticias, la guerra. La fuerza bruta como resolución de conflictos, como necesidad dicen, para promover una paz que nadie entiende. Y en todo este proceso no nos dejan observar los acontecimientos, solo mirar, sin detenernos, para presenciar miles de secuencias de sangre derramada y polvorienta anquilosados en la costumbre.

No existe mejor obra para que de manera subliminal nos lleguen mensajes favorables a los más variados procesos de confrontación.

¿Quién puede negar que esta institucionalización de la violencia se filtra también a través de todas las estructuras sociales y en el marco de todas nuestras relaciones más comunes? Me temo que es imposible. La cultura de la paz deja paso constantemente a la construcción de un enemigo que combatir. Y en el amor, el “enemigo”, termina tomando forma de mujer. En el amor las mentes también están militarizadas, y el rol de los “combatientes” está perfectamente entrenado para volver a ganar.

Cientos de hombres son unos perfectos corresponsales de guerra, y muchos de sus movimientos responden perfectamente a directrices que bien pudieran estar marcadas en algunas de las guías de entrenamiento de las fuerzas armadas.

Personalmente no observo obstáculo alguno para poder afirmar que la violencia es un ejercicio social que se instaura y con la que se convive con total naturalidad, hasta tal punto que termina por contribuir a procesos cognitivos que justifican desde la intimidación al más vil de los actos, como pueden ser los maltratos.

Leo estos días algunos apuntes sobre la desvalorización de la vida amorosa, y pienso que el punto culminante de dicho enviciamiento es el uso de la violencia. ¿Qué sucede cuando nos socializamos optando por los valores equivocados?. El universo de los afectos no se transmite ni tan siquiera en el currículo de los colegios, porque consideran más importantes las competencias que el conocimiento de las emociones y su regulación en nuestras vivencias sociales.

Y tomando preferencia, como lo hemos hecho, por unos valores nada entrañables no debemos extrañarnos por la existencia de un buen número de hombres que encuentran en la degradación psíquica de sus parejas el objetivo final de sus victorias.

En el contexto analizado observamos cuan fácil puede resultar familiarizarse con el uso de la violencia, pero ello no lo explica todo ni mucho menos. Quiero creer que aquella corriente que debía existir (procedente de la afectividad y sensualidad) fue mutilada en la infancia, o que a lo largo de la vida de los maltratadores (por una u otra serie de razones) no confluyeron como debieran los lazos necesarios para conectar con las demás personas. Quiero creer que no se nace violento, y que hay una combinación de factores que forjan una estructura cerebral que más o menos es incapaz de controlar las emociones agresivas. Quiero creer muchas cosas, pero he de atenerme también a aquello que puedo ver. Nos educan en el uso de la violencia, y todo confluye para que se sigan conservando las más perversas manifestaciones de dominio y aquellas fantasías que cooperan tan bien con el uso y abuso del poder.

¿Cómo podemos erradicar esta cultura de la violencia si desde las entrañas del Estado se construyen unos referentes de socialización que nos llevan una y otra vez hacia ella?

¿Cómo podemos escapar de tanta crueldad si seguimos alimentando guerreros y ejércitos que lo único que consiguen es expandir el pánico y publicitar la apología  de la agresión?

Guerreros que ya no necesitamos, ni para defendernos de las bestias ni para protegernos de peligro alguno que ponga en entredicho el proceso de nuestra evolución.

Quizás debiéramos empezar desmilitarizando la vida, quizás debiéramos partir sin miedo a construir la olvidada y marginada cultura de la paz. Porque con ello desmilitarizaríamos nuestras mentes… y las formas de entender el amor y las relaciones seguirían el mismo curso…


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Godfrey Bloom Mep

ContraCorriente

Desmontando la farsa: “El estado es una Institución de ladrones”

Lo que debería ser un acto cotidiano en el trabajo de los eurodiputados y de cualquier político, es decir, luchar por la garantía de los derechos de la ciudadanía a la que representan, se ha convertido desde hace décadas en un extraño acontecimiento. Viviendo en la era del autoritarismo más depredador e injusto, la situación actual es tan deprimente que escuchar a cualquiera de ellos incidiendo en los verdaderos problemas que nos acechan, se nos hace hasta extraordinario, por inusual y porque nuestros queridos medios de comunicación nos lo ocultan constantemente.

Así, y aunque parezca mentira, entra a formar parte del colectivo que transita contra-corriente un político inglés euroescéptico, que tiene la virtud de explicarles a sus señorías en qué consiste la estafa continuada a la que nos someten desde Bruselas y Estrasburgo.

Vídeos pedagógicos a la carta!

Os dejo por escrito una de sus intervenciones: “Señor presidente, me viene a la mente una cita del gran filósofo americano Murray Rothbard que dijo: ‘El Estado es una institución de ladrones’. Los impuestos son simplemente un sistema en que los políticos y burócratas roban el dinero de sus ciudadanos para malgastarlo de la forma más vergonzosa. Este lugar no es una excepción. Es fascinante y me pregunto cómo logran mantener la seriedad mientras hablan de evasión fiscal. La Comisión [Europea] en su integridad y sus burócratas no pagan impuestos. Ustedes no pagan impuestos como los pagan los ciudadanos. Todos ustedes tienen ventajas especiales. Tasas de impuestos convertidos, techo de impuestos a las grandes fortunas, pensiones exentas de impuestos. Ustedes son los más grandes evasores fiscales de Europa y se sientan aquí a dar lecciones. Pues bien, el mensaje ha llegado a los ciudadanos de Europa y se van a dar cuenta de que los euroescépticos son cada vez más el próximo junio [elecciones europeas]. Y les voy a decir lo peor: cuando la gente se haya dado cuenta de quiénes son ustedes, no les faltará tiempo para tomar esta Cámara y colgarles. Y lo harán con razón”.

 

 

P.D.: Esta entrada de hoy tiene trampa. Si nadie conociera a éste señor, se acogerían de muy buen grado sus intervenciones. Y si os digo que éste político es medio nazi, o un fascista, o vete tú a saber qué… Creo que hace unos seis años le expulsaron del Parlamento Europeo, por citar la divisa nazi “Ein Volk, ein Reich, ein Führer”. Bien, y ahora… ¿Cómo resolvemos observar éstos vídeos? ¿Dejan de ser verdad sus palabras? ¿Cómo es posible que sean precisamente políticos como éste quienes nos estén contando las pequeñas historias que medio mundo quiere escuchar?

Uno de los grandes problemas a los que estamos asistiendo es que aquello que supuestamente deberían denunciar todos los partidos de izquierdas, ante su inoperancia absoluta, está siendo un buen condimento para los euroescépticos, los neonazis o los del ala derecha de todas las casas. Pero cuidado, la realidad no es patrimonio de quien se apropie antes de ella. Es de todas y todos. El hecho de que un facha diga que los bancos roban, no desdice el hecho real de que los bancos roban, lo que viene a decir es que a él le viene bien comentarlo para sacar tajada. Pero éste ejemplo es bien claro para saber cuál es una de las razones de la victoria de Trump. Cuanto más neoliberal ha sido la política socialdemócrata, más nos han engañado. Y ese engaño, ocultado por la mayoría de partidos, lo ponen sobre la mesa los nuevos perfiles políticos.

Por tanto, mostrar la verdad viene bien, pero siempre y cuando sepamos de dónde vienen esos argumentos…, y hacia donde van.

 


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La violencia como estrategia: 04

Desestabilización programada y violencia

¿Os imagináis que dadas las circunstancias el pueblo acuerda lanzar una ofensiva contra el Estado, y éste decide acudir al combate con derecho a su legítima defensa? A modo más que simbólico ésta metáfora tiene su presencia en nuestro entorno, y viene a darse cada vez con más frecuencia y con un talante más sofisticado en aquellos territorios donde se dice que la modernidad ha llegado. La abstención es el arma popular que se extiende como la lava cada vez que una nueva erupción estalla en el seno de los gobiernos. Y ante esa decisión no se resquebraja institución alguna, bien al contrario, todo se mantiene en su sitio y nadie notifica el más mínimo arrepentimiento. Porque esa es su “legítima defensa”, mostrar que el pueblo ha decidido y que todo ha de proseguir igual, sin que medie consideración alguna. En esta breve reseña ha de quedar constancia de que alguien, con muy buenos modales pero con una acritud endiablada, nos ha tendido una trampa.

El conflicto deja de lado a los dos contendientes y deja de ser real por inadmisible, y lo que parecía una necesaria emergencia, librarnos de todo Estado opresor y coercitivo, se vuelve en contra nuestra. Gracias a inigualables reglas del juego un intermediario se yergue como máximo protagonista, y en su seno es donde se librará la batalla. Los dos polos quedan imantados por lo que llamamos democracia, y quien debía ser afluente de aguas cristalinas, es sin darnos cuenta el colector de todos los residuos.

El alcantarillado público, con las administraciones al frente y con los ministerios a buen recaudo, se conecta a través de infinidad de ramales con todos y cada uno de los habitantes, del centro y de las periferias. Esto se produce de tal modo que a cada una de nuestras casas (incluso a las chabolas), conexión mediante, llegan normas universales que emanan de la popular soberanía. Pero casualmente no resultan del agrado de las mayorías.

¿Será posible? Lo que parecía un ajuste de cuentas entre dos, pasa por arte de magia a ser una riña continuada entre todos. Entre todos nosotros que, enmarcados tras el bello retrato político, no podemos dar crédito a tanta debacle. Y cuando hasta la ilusión se despeña, nos miramos, nos diferenciamos, y nos restregamos. Y es entonces cuando observamos el mapa y terminamos por creer que somos muchos, que la tierra no da para todos, que la riqueza no llega, y que por el trabajo se deja uno la vida.

El conflicto está a ras de suelo, bajo nuestras pisadas. Nos han otorgado el falso poder de elección y cuando comenzamos a ser conscientes del juego, estalla la violencia.

Pero para entonces la estrategia imperial ya está servida. La visión policial del mundo retiene en sus mazmorras de vigilancia activa no sólo aquello que viene sucediendo desde tiempos inmemoriales, sino también aquello que va a acontecer. Y si no va cumpliéndose como “se esperaba”, se articularán todos los instrumentos para que así sea.

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

La campaña violenta trazada ofrece normalmente dos alternativas:

  1. Se puede dejar en manos interesadas la capacidad de maniobra necesaria para que cunda el pánico, bien en un barrio periférico, en un territorio por conquistar, o en un país entero. Esta forma de obrar está presente y latiendo en el mundo con una fuerza sobrecogedora, y resulta imposible desenmascarar el centro neurálgico del embate, sencillamente porque diferentes grupos de presión son capaces de cotizar al alza un maniquí disuasorio que luego se tornará en enemigo visceral.

La mano que te da de comer puede pasar a ser la que apriete el gatillo en el momento menos inesperado. Cuestión de logística y de turbación complementaria.

Sería un arduo trabajo recopilar la infinidad de casos donde una desestabilización programada incide en futuras intervenciones políticas para seguir con el control exhaustivo de la población civil y, sobre todo, de sus riquezas naturales. Son muchas ya las investigaciones realizadas para determinar con claridad cómo unos pocos intervienen en nuestras vidas para llevarse nuestras propiedades y, una vez colapsada la opción de continuidad, dejadnos con los excrementos de una tierra ya baldía.

  1. América Latina sabe mucho de eso, demasiado. Y sin que todo ese proceso culmine, porque siempre ronda el imperialismo ciego para dinamitar allá donde encuentra cualquier grieta, hay que añadirle la violencia añadida, ese experimento cotidiano que protagonizan los ejes del poder sin compasión, y cada vez con menor sutileza.

Como si no fuera poco interferir del modo que lo hacen, desde altas instancias y de forma  casi generalizada parece instalarse entre nosotros la nueva fase de agresividad, propagando el dolor y la muerte sin que medie razón alguna. Y la estandarización del miedo es ya la segunda alternativa de la campaña, como si de un elaborado plan de marketing se tratara.

Y en este punto surge el gran interrogante sobre la presencia de la violencia infiltrada con vehemencia desde las cloacas del Estado, perforando el desarrollo de cualquier democracia y aniquilando las escasas posibilidades que quedaban para que ésta emergiera.

Nos situamos. El abstracto monopolio de una lucha sin cuartel contra el pueblo es delirante. Y ha llegado hasta tal punto que considerar ese menosprecio como un proceso anecdótico ha dejado de ser admisible.

La incorporación de la violencia  a las normas sociales ha sido el primer eslabón para convivir con ella, y para dotar al sistema de una razón de fuerza mayor a la que se pliega, consolidando su necesidad rampante.

No es difícil observar cómo se extiende el ánimo arrebatado y enfurecido a través de todos los canales, hasta instalar en nuestros cerebros el chip del enfrentamiento como elemento natural de nuestra especie. Y todo porque la violencia… se estimula.

La propia globalización y sus enormes repercusiones en lo que podemos denominar nuevos focos de pobreza es solo parte de todo un entramado difícil de digerir sin sentir los ánimos angustiados. Pero donde más hierve la inquina es a través de los medios de comunicación, auténticos promotores de un trauma colectivo que nos sumerge en un escenario nada improvisado.

Un informativo cualquiera en casi todos los rincones del mundo pretende generar audiencia, y como si se tratara de un show más nos somete a la vulgarización de los hechos más terribles y difíciles de asimilar. Sin que importe mucho la localización del suceso, podemos pasar de un tren descarrilado en Corea a una inundación en Perú en dos segundos, o de una avalancha en una discoteca de India a un incendio en una fábrica pirotécnica en China. No nos dejan observar los acontecimientos, solo mirar, sin detenernos, y presenciar miles de secuencias de sangre derramada y polvorienta anquilosados en la costumbre.

Si, la globalización. No existe mejor obra para que de manera subliminal nos mande mensajes favorables al capitalismo más ruin e incómodo. Y tras ella la ofrenda al mercado de valores, al dinero inexistente que atropella los silencios de nuestros sueños.


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La violencia como estrategia: 03

¿Podemos hablar de equidad en el conflicto cuando toda posibilidad de triunfo subsiste siempre de una parte?

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Abiertas quedan de este modo todas las heridas. El régimen actual de nuestra relación con quienes nos dirigen está o mal encauzada, o no deja espacio a la solución de la democracia, que no es otra que el respeto a la mayoría.

Somos conscientes del “empuje” del discurso dejando en evidencia los argumentos de los Estados, siempre acompañados de balas y expropiaciones, pero ¿acaso hay modo alguno de contrarrestar tanta perturbación en nuestra existencia sin la necesaria condena, y sin menospreciar tanta ofensa?

Orientar nuestras palabras por los latifundios de nuestra defensa es la primera obligación, y fumigar con nuestras reflexiones todos los marcos teóricos que sostienen la vigencia de este sistema uno de los objetivos ineludibles.

Resolvemos sin demora que entre el Estado y la ciudadanía hay un conflicto, un grave y pernicioso conflicto. Pero dadas las líneas a seguir según lo acordado en constituciones, decretos ley, preámbulos y otros códigos al uso, no ha lugar para  una lucha entre estos dos grupos que se miran de frente legislatura va, y legislatura viene.

Políticos, intelectuales e instituciones concluyen que la solución está en la democracia, esa forma de gobierno que contacta con nosotros cada ciertos años y que por no tener, no tiene ni margen de maniobra. Mas no precisamos de complejas investigaciones ni repasos históricos para concluir que dicho dispositivo, ni es suficiente ni ayuda a solucionar el más mínimo de los problemas.

Aunque los criterios y las artes políticas no hayan cambiado tanto, a día de hoy es un sarcasmo poder hablar de soberanía. Otros actores no elegidos comenzaron ya a proyectar las más importantes de nuestras decisiones.

Que tengamos que rendir cuentas a los grandes consorcios financieros de inversión y asumir que los Estados se encuentran a merced de esta movilidad, no nos proporciona certidumbre alguna, más bien… nos prepara para una nueva fórmula que entender en política.

El odio hacia quienes nos gobiernan se va haciendo insoportable, entre otras cosas porque ya ni siquiera puede haber relación entre el dominante y el dominado, y sin percibir ese poder que antaño se temía, ahora se les desprecia.

Es como si no hubiera nadie para mediar en esta nueva confluencia y los actores que más necesitamos se fueran a platicar con los medios para desacreditar nuestra legítima y apremiante defensa.

Y sin equidad, sin posibilidad de diálogo y sin consenso, el respeto deja paso a la imposición, el acuerdo a la confrontación, y el engaño al riesgo de violencia.

La decadencia más absoluta es el lastre que nos queda. Y decididos a no cometer “fechoría” alguna…, ¿qué nos queda?


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La violencia como estrategia: 02

¿Cuándo es ley y cuándo es crimen el uso de la violencia?

La expansión fuera de lugar protagonizada por la violencia durante este siglo invita a pensar que no hay posibilidad alguna de revelar su existencia sin poder hablar del enorme conflicto que acarrea, visible sin lugar a dudas en las grandes migraciones que causa. Son innumerables las señales de horror y zozobra que están vivas en nuestras sociedades, pero lo son también las intransigentes medidas para afrontarlas que desde la política se plantean.

En tales circunstancias se resquebrajan los fundamentos que sostienen al Estado como garante de una convivencia pacífica, y las democracias se vuelven permeables a toda una serie de extraños acontecimientos respaldados por una legalidad encorsetada propia de situaciones de urgencia.

En dicho contexto podríamos rastrear, por ejemplo, el mapa socio-político tras los asesinatos de Ayotzinapa, ¿muestran las trágicas consecuencias de dicha violencia, o lo que vienen a reflejar es la expresión de fuerza de un Estado que recurre a ella para no ceder ante la vigilancia de la democracia?

Casos así hacen posible que poco a poco se vayan sucediendo (y lo que es peor, permitiendo) un mayor número de situaciones violentas y represivas por parte de los Estados, con actuaciones que pretenden ser normalizadas e incluso necesarias, pero que lo único que consiguen es pervertir las libertades e impulsar las tiranías.

Las consecuencias de todo amanecer invernal van exigiendo refugio, calor y la protección necesaria frente a tanta barbarie. Pero he aquí que estamos ante un dilema que poco ayuda para resolver la opulencia de tanta mezquindad. ¿Cómo vamos a buscar abrigo en casa de nuestro propio verdugo?

Revolcándonos en la legitimidad de la violencia no alcanzamos a subsanar tanto delito. Pero hemos de hacerlo para gravitar a su alrededor y después posibilitar un nuevo argumento.

La pregunta inicial, por tanto, se mantiene y ha de ser pragmática. ¿Cuándo es ley y cuándo es crimen el uso de la violencia?

En toda forma de Estado se define a éste como única entidad autorizada para ejercer la violencia en el territorio que lo conforma. Esta teoría ha de contemplar la legitimidad necesaria, otorgada lógicamente por los habitantes que en dicho territorio se integran.

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

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Dicha legitimidad es concedida bajo unas premisas determinadas, pero éstas se encubren y tergiversan hasta el punto de traspasar todo límite de legalidad y, además, querer ocultarlo.

El monopolio de la violencia recae en manos del Estado y, por tanto, nadie más podrá apropiarse de él sin que sea penado o criminalizado. La excepción vendría de la promulgación de leyes autorizadas para tal fin, es decir, de la posibilidad de utilizar la violencia para defenderse uno mismo o para defender sus propios bienes (entendiendo siempre que dicha autoridad es ofrecida, claro está, por el propio Estado).

Esta arquitectura administrativa se extiende a todos los países de nuestro entorno, y si bien el Estado concentró los medios de violencia para pacificar la sociedad, todo parece indicar que en su desarrollo abrazó la causa de la disciplina como eficaz medida de control y seguridad.

Hasta tal punto ha sido así, que abandonando su función principal ha terminado por ensalzar un Estado penal donde las doctrinas autoritarias son la máxima en su actividad.

Así, el interrogante se bifurca. Por un lado habría que determinar dónde están los límites de su ordenamiento y, por otro, constatar cómo se procede para despojarnos de tanta justicia.

Si algo hay que revelar sobre el modo de pronunciarse de nuestras democracias es, sin duda alguna, el excesivo uso de reglamentaciones ad hoc para minimizar la respuesta ciudadana. Queda claro que los respectivos gobiernos se apropian de todas las licencias  para consagrar sus arbitrarias formas de articular el poder. Y subsiste así una estrategia que inmediatamente conduce a  una ruptura importante entre las estructuras estatales y el conjunto de la sociedad.

Considerando las múltiples maniobras empleadas por las diferentes jefaturas nos daremos cuenta de que estamos enfrentados a manipulaciones sociales de alta intensidad. Dichas estrategias están dirigidas con precisión, con el único fin de limitar la defensa de nuestros derechos y profanar los valores de nuestras libertades. Generalmente arropados bajo argumentos exóticos y subvencionados por el capital y los beneficios de las élites.

El funcionamiento de los sistemas de partidos, la regulación de las representatividades políticas, las licencias de comunicación y libertad de radio y prensa, las construcciones de mayorías irrelevantes con las cuales poder gobernar, el fraude de la separación de poderes o la implantación del miedo como elemento propulsor que nos coacciona, son solo una pequeña parte de las perturbaciones a las que nos someten “en nombre del bien común”. Éstas medidas excepcionales tienen un respaldo que contribuye a poder evitar su deterioro, y a este respaldo lo llaman La Ley…

Uno de los mayores males de nuestras democracias es que se ha ido extendiendo la creencia de que las leyes son el fundamento de las causas justas. Razón de más para no olvidar dos de las ideas fundamentales que expongo: los Estados perviven a través de mecanismos insuficientes de legitimación y la ley que les ampara no responde a los parámetros de la justicia sino a los intereses manifiestos del poder. Viene bien recordar a Montesquieu, “Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa”.

Este análisis da buena cuenta, a través de la Ciencia Política, de la necesidad de transformar los principios por los que se regulan nuestros Estados. Pero es la Historia, con su espléndida biblioteca, la ciencia que narra todo lo que acontece y quien mejores y más respuestas nos brinda. Todas las libertades, sociales y políticas, todas las mejoras económicas y todas las transformaciones que han dado lugar al derrocamiento de poderes, élites, imperios, o gobiernos absolutistas, se han producido siempre bien a través de revoluciones sociales o bien con la inestimable ayuda de innumerables revueltas.

Recordatorio. Quien nos domina no nos va a conceder el privilegio de escaparnos de sus lindes. Aunque busquemos otras formas, casi todas las salidas de la opresión han sido y seguirán siendo violentas.

Esta pequeña alusión puede sonar contundente, y para muchos, insolente. Sobre todo en estos tiempos de indignación de manos blancas y de silencios cómplices. Pero el cambio, si se desea, ha de corroborarse a través de la postura que se defiende. Es imposible la transformación sin la exigencia del cambio radical de los acontecimientos. O lo que es lo mismo, no es posible indignarse para pedir dicho cambio si no contribuimos a la ruptura de parte del sistema. Siempre, claro está, que el propio Estado no retroceda o deje de alimentar la violencia (claros ejemplos son los mal llamados procesos de paz, como puede ser el de Colombia).

El sistema, el Estado, los gobiernos y nuestras democracias, están muy bien diseñados para asustarnos, para disuadirnos, para hacernos ver aquello que no existe, para aprender a distinguir entre el mal y su justicia. Todas las herramientas están a su alcance. De ese modo, que alguien pueda mirarse y declararse antisistema es no solo extraño, sino hasta delictivo. Tememos hasta el significado desnudo de las palabras, reconstruidas para protegernos de nuestros pensamientos y nuestra actitud.

Electores, pobladores, habitantes y vecinos, saben que ha de haber responsables, saben que la política no funciona, que nuestro país se tambalea, que las finanzas nos ahorcan, que las multinacionales nos violan. Millones de personas saben que este sistema no solo no nos ayuda, sino que nos estrangula, y están en contra de su mecanismo, de su puesta en escena. Saben que es necesario ir contra él y que hay que derribarlo, para construir uno nuevo. Y casi nadie se atreve a creerse antisistema…

Mantener la pasividad o la negación (también intelectual) es como intentar ganar la batalla refugiándonos en casa del enemigo.

La violencia no es siempre la misma. En la confrontación y lucha por la dignidad y por los derechos, su conciencia revuelve la diplomacia. Cuando los nuevos pobladores persiguieron a los indios, éstos necesitaron hacer uso de ella para sobrevivir en sus montañas. Cuando los europeos colonizaron África, los esclavos enfundaron las armas para impedir su exterminio. Cuando los turcos decidieron batallar contra el pueblo armenio desarmado, los aniquilaron, y un millón y medio de habitantes fueron forzados a marchas kilométricas, atravesando zonas desérticas para morir de hambre, de sed, de robos y violaciones.

Cuando la maldad te mira de frente y quiere borrar tus pisadas, puedes rebelarte o no, pero no hay ética que respalde tu caída ni razón que ampare o defienda tus heridas. No hay cobijo para la barbarie, y a veces, hay que hacerle frente.

¿Tiene el amenazado que legitimar su derecho a la defensa? Estamos bajo las órdenes de terceros que degradan nuestra moral y nuestras conductas. Las leyes de nuestros gobiernos socavan el orgullo de los ciudadanos, y nos someten a penurias que anulan hasta nuestra voluntad. La inmoralidad, el engaño y la perversión son los colaboradores represivos a los que ya nos han acostumbrado.

Lo acontecido a lo largo de la Historia no ha de cubrirnos los ojos, sino abrirnos la mirada. Lo dejó escrito un alemán, Max Stirner, hace muchos años; “El estado llama a su propia violencia ley, pero a la del individuo crimen.”


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La violencia como estrategia: 01

Introducción

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

En un primer momento me parecía juicioso observar e incluso delimitar las diversas opciones de la violencia, pero dada la urgente necesidad de toparme con el terreno que pisamos he resuelto concretar con la más dura de las circunstancias, esto es, con las diversas expresiones de los Estados en su relación con la violencia. Y todo porque a día de hoy hay una excesiva participación de sus agentes en la transmisión de conflictos liderados por ellos mismos.

Comúnmente se reconoce desde la Sociología la solvencia del ejercicio del poder considerando que quien lo ejerce tiene el derecho de uso de la intimidación y la amenaza. Un uso no regulado explícitamente en toda su extensión, pero que casi siempre se realiza desde las diferentes jurisdicciones estatales. Los cuerpos militares o policiales no son solo presencia para promover el orden, también lo son para defender las tropelías de quienes los dirigen, y ese es el comienzo de todo capítulo para explicar la debacle, la sinrazón asentada en el ejercicio del terror.

  • Hablaré así del corto trayecto que hay que recorrer, dada su propia negación y su estrepitoso fracaso, para sacar a la luz ese ejercicio de violencia legitimada, pero injusta, cruel y despótica.
  • Y expondré del mismo modo la necesidad de desestimar las conjeturas insidiosas o aquellas que defienden las injusticias, puesto que estamos en la obligación de alejarnos de las teorías sociales y políticas que no terminan de concretarse en nuestras vidas. Es decir, hay que dar paso a la realidad, y no seguir dando cobertura al principio de ningún mandato que no proceda del pueblo si estamos hablando de democracia, o no alabar la existencia de Constituciones si son inoperantes en gran medida.
  • La controversia mayor con la que nos enfrentamos es saber cómo destapar al propio Estado, mostrar que su poder de coacción es casi siempre ilegítima, y poner en evidencia que más allá del reino de la razón lo que impera es el gobierno de la fuerza.

Ni que decir tiene que quien sale enormemente debilitada de esta conjetura es, además del propio Estado, la Democracia. Pero ello a estas alturas de la vida no nos convierte en pesimistas ilustradores de la historia, sino en reconocedores de una nueva desventura. El Estado moderno está concebido como una verdadera maquinaria, cuyo objetivo único es tener la capacidad para reparar cada cierto tiempo las fisuras de su aparato represor e ideológico. Y dado que es imposible su efectividad sin alguien que lo dirija, queda expuesto abiertamente que quien lo hace no solo es enemigo del pueblo, sino también aniquilador de su esperanza.

En la ecuación Estado, Violencia y Democracia, todo apunta a pensar que despejada la segunda incógnita se resuelve mejor el problema, pero me dispongo a dibujar otra parábola, porque sin el modelo actual del Estado habría mucha menos violencia, y ello determina que es hacia éste donde hay que redirigir la mirada.

  • Los tres poderes supuestamente independientes son anhelo de una libertad enclaustrada. Sus ilusiones no duran más allá de toda puesta en escena, y si no les acompaña una igual repercusión en toda la ciudadanía, se desintegran…

Se puede ser libre, pero no en el mercado sino en la vida, y se debe ser igual en las verdaderas condiciones de partida. Para eso está el Estado y ese debería ser el papel de la Democracia, pero se inventaron sin complejos nuevos tipos de violencia…

  • Y frente a ellos, de cara al futuro, solo cabe la salida, y reformular nuestras condiciones de vida. ¿Puede, más allá del Estado, darse un nuevo paradigma?


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La violencia como estrategia

Coleccionable

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Photo by Joséluis Vázquez Domènech

Septiembre viene siempre cargado de fascículos, de filósofos que nunca mueren, de aventuras filemonas, de coseres y cantares, de idiomas imperialistas, de minerales de pego, y de soldaditos con sus armas. Muchas armas, que son muy importantes.  

Para contrarrestar tamaño acontecimiento he decidido subirme al tren y ofreceros, desde el primer recortable hasta el último, y de forma gratuita, un maravilloso coleccionable sobre Papá Estado y su excesiva querencia hacia la violencia. Ya sabéis, para leer con tiento y sin prisas. Todos los viernes, hasta agotar mi existencia!

“La literatura, la ciencia y el arte deben ser servidos por voluntarios. Solo con esa condición conseguirán liberarse del yugo del Estado, del capital y de la mediocridad burguesa que los ahoga.”

Piotr Kropotkin